CHINCHÓN ÁLVAREZ, Javier: Derecho internacional y transiciones a la democracia y la paz. Hacia un modelo para el castigo de los crímenes pasados a través de la experiencia iberoamericana, Ediciones Parthenon, Madrid, 2007 (629 páginas).
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Empiezo situando en lo más alto los lugares en que es posible adquirir (conseguir espero que poco a poco también en muchas bibliotecas) mi libro que os presento, pues siempre he pensado que si no puede llegar a los ojos de los interesados no tiene mucho sentido investigar ni escribir nada; y continuo adjuntandos una pequeña reseña del mismo y su índice, pues cualquier cosa que pudiera deciros yo sería como preguntarle a un padre sobre su hijo/a.
Aunque en los prómixos días os compartiré algunas de mis experiencias, aventuras y desventuras para su redacción (y publicación!), por el momento sólo contaros que, como muchos/as sabéis, ha sido un duro trabajo llegar hasta tenerlo en nuestras manos, pero como también sabéis muchos y dice un buen amigo: "El éxito sólo está antes del trabajo en el diccionario"... Así que...
RESEÑA DE LA CONTRAPORTADA:
"El ámbito de la conocida como Justicia Transicional ha merecido una atención creciente tanto en la doctrina como en diversos sectores del activismo en derechos humanos. Sin embargo, no han abundado los estudios que han afrontado esta cuestión desde lo dispuesto en el ordenamiento jurídico internacional. Este trabajo trata de acabar con esta marginación fáctica, construyendo un análisis sustentado en el derecho internacional general, el derecho internacional penal y el derecho internacional de los derechos humanos en el que se identifiquen las obligaciones internacionales que han de ser atendidas respecto a la sanción de los crímenes cometidos en el pasado y, desde esta base, se exploren las distintas alternativas internacionalmente lícitas de las que disponen los Estados a la hora de confrontar esas obligaciones con las realidades, exigencias y limitaciones que enfrentan durante los procesos de transición.
Con ello, en ningún caso se pretende ofrecer una solución para todos los retos concurrentes en una transición, sino establecer los márgenes internacionalmente lícitos entre los que los Estados, sus sociedades, pueden escoger cuando encaran interrogantes básicos como: 1) Si hay que recordar, procesar y enfrentar los crímenes cometidos en el pasado durante la transición o es mejor intentar olvidar y pensar sólo en el futuro; si se aborda ese pasado, 2)cuándo conviene hacerlo; 3) quién debe hacerlo; y 4) cómo hacerlo.
Sirviéndose especialmente de las experiencias iberoamericanas, y ofreciendo un exhaustivo estudio particular de los procesos habidos y medidas adoptadas en Guatemala, Honduras, El Salvador, Argentina, Uruguay y Chile, la vocación de este trabajo presenta una triple finalidad: Como primer y protagónico punto, conformar un examen sistemático sobre esta temática. En segundo lugar, hacerlo ofreciendo un trabajo que haga posible que aquéllos que no tienen un bagaje teórico centrado en esta cuestión puedan aproximarse a ella. Pero al mismo tiempo, esta obra aspira a transformarse en una herramienta útil para el ya iniciado, incluso para el experto; a la postre, para todos aquéllos que ya se han enfrentado a los problemas que se plantean en este libro.
Su autor, Javier Chinchón Álvarez, es doctor (Premio Extraordinario) y licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Autónoma de Madrid, y cursa estudios de Historia por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Ha sido miembro del Sector Jurídico de la UTM de Amnistía Internacional España, profesor de Derecho Constitucional I de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala, investigador FPI del Departamento de Derecho Internacional Público y Derecho Internacional Privado de la Universidad Complutense de Madrid, becario de Cooperación Interuniversitaria de la AECI en Argentina y Guatemala, e investigador-visitante del Instituto Interamericano de Derechos Humanos, del Center for Human Rights and Global Justice, del International Center For Transitional Justice, e investigador de la The Hague Academy of International Law. Autor de más de cerca de una veintena de trabajos académicos en su ámbito de especialización, en la actualidad es Director del Centro Iberoamericano de Estudios Jurídicos y Políticos, profesor en diversas universidades españolas y consultor de distintos organismos españoles e iberoamericanos."
ÍNDICE:
ABREVIATURAS MÁS UTILIZADAS........................................................17
PRESENTACIÓN DE HERNANDO VALENCIA VILLA............................................21
PRÓLOGO DE LUIS IGNACIO SÁNCHEZ RODRÍGUEZ..........................................23
CONSIDERACIONES INICIALES SOBRE EL OBJETO Y FUENTES DE ESTE TRABAJO............... 29
CAPÍTULO INTRODUCTORIO. RESPONSABILIDAD INTERNACIONAL DEL INDIVIDUO Y RESPONSABILIDAD INTERNACIONAL DEL ESTADO.
1) Aproximación preliminar.........................................................41
2) El porqué de la confusión entre ambos haces de responsabilidad..................48
2. a) Vías de confusión basadas en los sujetos implicados y en el
comportamiento del Estado..........................................................48
2. b) Vías de confusión terminológicas: crímenes internacionales, crímenes contra el derecho internacional y crímenes de derecho internacional..........................55
3) Relaciones entre ambos tipos de responsabilidad.................................61
PARTE I. OBLIGACIONES INTERNACIONALES RELATIVAS A LA SANCIÓN DE LOS RESPONSABLES DE CRÍMENES DE DERECHO INTERNACIONAL Y VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS.
CAPÍTULO II. LA RESPONSABILIDAD INTERNACIONAL DEL INDIVIDUO POR CRÍMENES DE DERECHO INTERNACIONAL: DIMENSIÓN NORMATIVA (I).
1) Evolución de la responsabilidad internacional del individuo por crímenes de
derecho internacional..............................................................71
1. a) Delimitación material y temporal.............................................71
1. b) Primera fase: Hasta la Segunda Guerra Mundial................................77
1. c) Segunda etapa: De la Segunda Guerra Mundial a la caída del muro de
Berlín.............................................................................88
1. d) Tercera fase: De los años noventa a la actualidad...........................106
CAPÍTULO III. LA RESPONSABILIDAD INTERNACIONAL DEL INDIVIDUO POR CRÍMENES DE DERECHO INTERNACIONAL: DIMENSIÓN NORMATIVA (II).
1) Concepción normativa de la responsabilidad internacional del individuo en la
actualidad........................................................................125
1. a) Reflexiones iniciales acerca del significado del término “norma”............126
1. b) La conducta del particular: Formas de autoría y participación en los
crímenes de derecho internacional.................................................130
1. c) La exigencia de un comportamiento culpable..................................137
1. d) Responsabilidad penal y responsabilidad civil internacional del
individuo.........................................................................142
2) Fundamento de la responsabilidad internacional del individuo...................149
CAPÍTULO IV. LA DIMENSIÓN JURISDICCIONAL DE LA RESPONSABILIDAD INTERNACIONAL DEL INDIVIDUO.
1) Consideraciones previas sobre el papel protagónico de los Estados en la
aplicación de la responsabilidad internacional del individuo......................161
2) La aplicación del principio de responsabilidad internacional por los
tribunales internos...............................................................168
2. a) La incorporación del derecho internacional penal en los ordenamientos
jurídicos internos................................................................168
2.a. 1) El principio de legalidad penal...........................................168
2 a. 2) El momento de incorporación: La aplicación retrospectiva del
derecho internacional penal.......................................................176
2. b) El ejercicio de la jurisdicción penal por crímenes de derecho
internacional.....................................................................181
2.b. 1) Recapitulación inaugural..................................................181
2.b. 2) Caracterización inicial del concepto de jurisdicción......................182
2.b. 3) Ejercicio de la jurisdicción penal basado en el principio de
territorialidad...................................................................185
2.b. 4) Ejercicio extraterritorial de la jurisdicción penal: Especial referencia a la jurisdicción universal y la interacción entre principios.......................187
CAPÍTULO V. CRÍMENES DE DERECHO INTERNACIONAL Y VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS: SIMILITUDES Y DIFERENCIAS.
1) Los crímenes de derecho internacional como violaciones de los derechos
humanos...........................................................................205
1. a) Presupuesto inicial.........................................................205
1. b) El sujeto activo en las violaciones de los derechos humanos.................208
2) Los derechos humanos objeto del presente estudio...............................213
3) Las violaciones graves, masivas y sistemáticas de los derechos humanos
como figura autónoma..............................................................223
4) La pertinencia del régimen de responsabilidad aplicable a las violaciones de
los derechos humanos..............................................................230
CAPÍTULO VI. OBLIGACIONES ESTATALES DERIVADAS DE LA COMISIÓN DE VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS: EL DEBER DE INVESTIGAR, JUZGAR, SANCIONAR Y REPARAR.
1) Primera aproximación: El deber de garantía y el deber de respeto en el ámbito
de los derechos humanos...........................................................235
2) El deber de garantía de los derechos humanos...................................238
2. a) Construcción del concepto de deber de garantía..............................238
2. b) Regulación jurídica internacional: Su vinculación con la figura de los
remedios efectivos................................................................242
2. c) Significación del deber de garantía.........................................248
3) Obligaciones específicas contenidas en el deber de garantía....................250
3. a) Presupuesto.................................................................250
3. b) La obligación de investigar.................................................250
3. c) La obligación de traducir en justicia y sancionar a los responsables........252
3. d) La obligación de otorgar una justa y adecuada reparación a las víctimas
y sus familiares..................................................................256
3. e) El conocido como “derecho a la verdad”......................................262
PARTE II. LA SANCIÓN DE LOS RESPONSABLES DE CRÍMENES DE DERECHO INTERNACIONAL Y VIOLACIONES A LOS DERECHOS HUMANOS EN LOS PROCESOS DE TRANSICIÓN.
CAPÍTULO VII. PROCESOS DE TRANSICIÓN Y DERECHO INTERNACIONAL.
1) Los procesos de transición.....................................................273
1. a) Delimitación del marco de análisis: Consideraciones iniciales sobre la
Justicia Transicional y los procesos de transición................................273
1. b) Conceptos clave.............................................................289
2) Notas características de los procesos de transición en Iberoamérica............301
2. a) Los regímenes políticos iberoamericanos: El protagonismo de las
Fuerzas Armadas en las transiciones y democracias de la región....................301
2. b) Los crímenes de derecho internacional cometidos.............................307
3) La Aplicación del derecho internacional a los procesos de transición...........315
3. a) Régimen general.............................................................315
3. b) Modulaciones del régimen general en atención a las peculiaridades de
las transiciones iberoamericanas..................................................316
CAPÍTULO VIII. LOS PROCESOS DE TRANSICIÓN EN LA ÚLTIMA EXPERIENCIA IBEROAMERICANA: ESTUDIO DE CASOS.
1) Justificación de los casos de estudio: A propósito de los modelos de
confrontación jurídico penal con el pasado........................................323
2) Estudio de casos...............................................................330
2. a) Centroamérica...............................................................330
2.a. 1) Guatemala.................................................................331
2.a. 2) Honduras..................................................................348
2.a. 3) El Salvador...............................................................356
2. b) Suramérica..................................................................369
2.b. 1) Argentina.................................................................370
2.b. 2) Uruguay...................................................................390
2.b. 3) Chile.....................................................................402
CAPÍTULO IX. ANÁLISIS DE LAS MEDIDAS ADOPTADAS EN LOS PROCESOS DE TRANSICIÓN.
1) Marco general: La prohibición de impunidad.....................................425
2) La conformidad con el derecho internacional de las medidas adoptadas en
relación al castigo de los crímenes pasados.......................................434
2. a) Las amnistías...............................................................437
2.a. 1) Consideraciones previas sobre el concepto de amnistía.....................437
2.a. 2) La compatibilidad de las normas de amnistía con el derecho
internacional.....................................................................441
2. b) Los indultos................................................................458
2. c) Los enjuiciamientos selectivos..............................................465
3) Breves consideraciones sobre los programas y medidas reparatorias
implementadas.....................................................................472
CAPÍTULO X. BÚSQUEDA DE OTRAS ALTERNATIVAS DENTRO DEL DERECHO INTERNACIONAL.
1) Reflexiones iniciales: Problemas cuantitativos, cualitativos, temporales y
políticos.........................................................................475
2) Problemas cuantitativos: A propósito de la “imposibilidad material”............481
3) Problemas cualitativos.........................................................488
3. a) La invocación del estado de necesidad.......................................489
3.a. 1) Concepto y requisitos.....................................................489
3.a. 2) Aplicación del estado de necesidad a los procesos de transición
analizados........................................................................493
3. b) La suspensión del ejercicio de derechos y garantías en “situaciones
excepcionales”....................................................................499
3.b. 1) Caracterización...........................................................499
3.b. 2) La viabilidad de la suspensión de garantías en los procesos de
transición........................................................................508
CONCLUSIONES......................................................................515
ANEXO I: BIBLIOGRAFÍA CITADA......................................................527
1) Obras generales:...............................................................527
2) Monografías:...................................................................529
3) Trabajos en obras colectivas:..................................................548
4) Artículos en revistas y publicaciones periódicas:..............................569
ANEXO II: JURISPRUDENCIA..........................................................585
1) Corte Permanente de Justicia Internacional:....................................585
2) Corte Internacional de Justicia:...............................................585
3) Corte Interamericana de Derechos Humanos:......................................587
4) Tribunal Europeo de Derechos Humanos:..........................................590
4) Tribunal Penal Internacional de Nuremberg:.....................................591
5) Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia:............................591
6) Tribunal Penal Internacional para Ruanda:......................................593
7) Tribunal Especial para Sierra Leona:...........................................593
8) Tribunales nacionales:.........................................................593
9) Decisiones arbitrales:.........................................................597
ANEXO III: DOCUMENTOS.............................................................599
1) Sistema de las Naciones Unidas:................................................599
2) Organización de los Estados Americanos:........................................611
3) Consejo de Europa:.............................................................614
4) Órganos nacionales:............................................................614
5) Organizaciones no Gubernamentales:.............................................617
ANEXO VI: OTROS TEXTOS............................................................623
ANEXO V: SITIOS WEB CONSULTADOS...................................................627
4. abril 2007 @ 22:10 ·
Comentarios (9) · Humanos y derechos humanos
NOTA DEL AUTOR: Por motivos ajenos a tu voluntad, mi crónica sobre China aún está en proceso de contrucción. En cuanto pueda finalizarla, aparecerá aquí mismo, sustituyendo a este mensaje absurdo.
Por el momento, y en concepto de compensación, sólo puedo ofrecer la imagen que encabezará la historia de mis días en aquella parte del mundo.

Disculpen las molestías.
13. enero 2007 @ 21:29 ·
Comentarios (1) · Miscelánea guatemalteca
I. YO NO SOY WILLY FOGG.
Me sorprendió constatar que, geográficamente, Lima está más distante de Madrid de lo que me separaba de mi siguiente destino intercontinental, Pekín; aunque, bien visto, mayor sorpresa habrían sentido Cristóbal Colón, Francisco Pizarro, Benjamín de Tudela o Marco Polo si hubiesen conocido que aquél que entonces erraba torpemente por las oquedades del nuevo Barajas se disponía a recorrer 29.200 kilómetros en apenas una semana.
El objetivo, además, no era alcanzar ningún altar de la Historia, ni culminar hito alguno antes imposible, sino asistir a un simple Congreso, una esperada boda, y fenecer en unas –susurraron algunos- merecidas vacaciones; pero con todo y con eso, con el mayor de los placeres hubiera tomado asiento entre Phileas Fogg y Lord Kelvin, y tras un último sorbo de jerez y unas bocanadas más a su puro, el inaugurado joven Doctor Chinchón, incorporándose lentamente, habría retado a Lord Kelvin a cuadruplicar su apuesta hasta alcanzar las 100.000 libras esterlinas, si él lograba dar la vuelta al mundo en una cuarta parte del tiempo que, unos instantes antes, se había atrevido a aventurar el señor Fogg para sorpresa general.
Total, la distancia que me disponía a recorrer entre el 8 y el 16 de agosto se resumía, grosso modo, en dos veces el diámetro de la tierra, y tan solo unos 10.000 kilómetros menos de los precisos para dar la vuelta completa al globo por su superficie; aunque, también es verdad, Fogg al final del camino concluye que nada había ganado más que el haber encontrado a Aodua, la que sería su esposa, y yo, por ventura, encontré a la que espero que sea la mía hace ya casi cuatro años, recién llegado de Argentina, pero apenas a unos metros de la madrileña Puerta de Toledo.
II. EL AUTÉNTICO PROFESOR SON ELLOS.
La lima que comí, dice el diccionario, es el fruto del limero, de forma esferoidal aplanada y de unos cinco centímetros de diámetro, pezón bien saliente de la base, corteza lisa y amarilla, y pulpa verdosa, dividida en gajos, comestible, jugosa y de sabor algo dulce.
La Lima que conocí, dice el cronista, es la capital de Perú, de forma informe y de unos 2.664 km² de extensión, luminosos casinos bien salientes de su base, corteza amorfa y gris, y cielo plomizo, divida en dieciséis distritos, incomestible, jugosa y de sabor agridulce, como toda Iberoamérica.
Mentiría si afirmase que mi fugaz tránsito por Lima permite dar alguna credibilidad a esta descripción improvisada, pero fue para mí lo más creíble de todo lo que viví en aquellos días la descripción que me compartió el camarero del hotelazo en el que cenaba ceviche y filete mignon, sentado ante una enorme mesa, de un enorme salón, que sólo yo y mi circunstancia ocupábamos. Esa misma tarde había dado mi conferencia, y al regresar del teatro decidí darme un auto-homenaje mientras esperaba que las primas de Mónica pasasen por mí para embozarme en las noches y los piscos limeños.
Degustando las viandas recordaba, con gesto torcido, aquel lúcido poema de Ana María Rodas; aquellos versos, estas estrofas:
Tu subversión me conmueve, compañero.
Te reúnes a menudo con amigos.
Para decir que América Latina
-Iberoamérica, perdón-
está hecha mierda.
Que es necesaria la revolución.
Eres un buen patriota, compañero.
Tus amigos también.
Y como hablar da hambre
ordenan a la carta el bistec y el vino
que algún día
cuando les quede tiempo
después de hacer casa y comprar auto nuevo
y viajar por Europa y el Japón
harán llegar al pueblo.
El camarero, ya desconcertado al ver a alguien como yo en un lugar como éste, ya animado al escuchar mi acento cuando ordené mi cena, se aproximó lentamente a mis pensamientos iniciando una trivial conversación que transcurrió entre del dónde eres, cuándo llegaste, hasta al a qué viniste. Lo que se desencadenó tras esta última consulta que suele agonizar en un simple de-vacaciones fue uno de esos momentos únicos que, aun en estos tiempos de zozobra, me convencen de que aún merecen la pena algunos trabajos en este mundo.
Próximas las 23.00 horas, un jefe de recepción observó con profunda sorpresa a un joven, al que había acompañado a una lujosa habitación un día antes, mientras conversaba sentado a la mesa con un simple camarero del hotel. Tras pedirle que por favor señor podría abonar su cena porque el restaurante debía cerrar ya muchas gracias perdone, su estupor aumentó dramáticamente cuando el joven extendió su dinero y frenó el ademán del camarero, añadiendo: “Pablo, por supuesto, yo te invito a todas las cervezas que hemos estado tomando.”
Ni en mil años aquel recepcionista podría ni haber concebido que Pablo había compartido con aquel joven los más dolorosos recuerdos de su infancia, allá en los hórridos años del "conflicto armado" del Perú, desde el asesinato de su familia, y su huída por la selva, hasta todo lo que tuvo que sufrir, y soportar, a su llegaba a la autocegada Lima. Los ojos enrojecidos de estos dos, se diría después el recepcionista, seguro que eran porque estaban tomados.
Molesto por el abrupto final, no pude más que abusar de la imagen de invitado internacional que sé que nuestro interruptor conocía, y con mi tono más autoritario fulminar la mirada de desaprobación que dirigía al ahora silencioso camarero:
- Yo le he pedido que se siente conmigo, así que vaya a cobrarse mi cuenta y no se quede ahí mirándonos. Somos amigos.
III. EUSKADI IS DIFFERENT.
Bregábamos aún con la resaca de la jornada anterior.
Aquella noche ya pasada, Agur e Igor nos habían regalado una boda estupenda.
Donosti nos recibía la mañana del 13 con un despertar luminoso y una traviesa lluvia juvenil.
Hasta la noche no íbamos a reunirnos de nuevo con Eva, Pierre, Jacob, Blanca, ni con los flamantes ya marido y mujer, ni con sus otros amigos.
Decidimos ir al centro y observar desde la barrera la manifestación convocada por aquello que llaman la Izquierda Abertxale:
Hacia las 17.30, por el bulevar de Donosti marchaban pacíficamente varios centenares de personas, aplaudiendo, cantando, y compartiendo proclamas corales entre las que sólo llegábamos a entender invocaciones como independenzia, presoak kalera o amnistia osoa, en la calle de al lado desfilaban una docena larga de hombres ataviados con uniformes militares del siglo XIX rumbo al Ayuntamiento para dar el cañonazo de comienzo oficial de la Semana Grande, en la plaza inmediata un mitin en euskera estallaba en aplausos y gritos y vítores y puños en alto y volar de banderas interrumpiendo al entregado orador ikurriña a la cintura, en la calle de detrás que desembocaba en esa plaza los cabezudos perseguían a golpes a los niños que reían excitados, el camino hacia el puerto que salía de esa misma plaza estaba bloqueado por parejas de ertzainas increpados por algunos grupillos de jóvenes, en dirección contraria mujeres con montones de chavales pasaban entre esos mismos ertzainas y esos mismos jóvenes hacia la esquina en la que vendedores ambulantes ofertaban globos de Picachu y Las Increíbles.
Mónica y yo, ante tal espectáculo, simplemente alucinábamos.
IV. CONTINUARÁ...
Y la madrugada del 15-16 de agosto salí atropelladamente de mi casa hacia un taxi que Miguelito había llamado con demasiada antelación. Iríamos por Gustavo, que no podía cerrar la puerta de su casa por sus luego afamadas muñecas de cristal; de ahí a reunirnos con Oscar, para ya todos juntos poner rumbo a Suecia, Finlandia y, finalmente, China entera.
Hacia las 10.30 despegamos.
Lo que aconteció después pertenece a otra historia de tal magnitud que, si la autoridad competente no nos lo impide, os relataré en unas cuantas noches con sol.
21. septiembre 2006 @ 19:57 ·
Comentarios (7) · Miscelánea guatemalteca
Si la vida es un tiempo de frustración, en el que por más cosas que hagas, lugares que visites, gente que conozcas, siempre quedará más en el deber que el haber. Si, además, de otro modo sería imposible vivir en el planeta tierra.
Si el problema del paraíso es que deberá ser habitado por seres humanos. Si, además, la leyenda, o el vecino, comparan esta ciudad con el parnaso y el que escribe, o mi persona, escogen a los imperfectos terrícolas que la habitan.
Si estos meses hubieran sido radicalmente diferentes sin Alia, José, Erica, Pierre, Meg, Lisa, Mónica, Helena, Ivet, Ulyses, Mariana, Leo, Ariel, Kelly, Kate, Antonio, Nehat, o Karen.
Y si, a la postre, usted quisiera saber las cosas que nunca se cuentan sobre Nueva York, tan sólo continúe leyendo esta crónica.
Nueva York es un balneario de aguas termales.
El clima es algo sobre lo que, incluso esta ciudad, sólo tiene voz, nunca voto; de tal suerte que resultará ocioso despotricar sobre el tremendo calor y humedad que bailan en estos lares. El diseño de esta urbe, sin embargo, sí amerita algún comentario.
Las bondades de los balnearios ya han sido ampliamente consignadas en otros escritos, con lo que bastará advertir que los cambios de agua fría-caliente-templada-fría-caliente resultan gratificantes no cuando quieres darte una ducha, sino cuando precisamente buscas tales experiencias. No obstante, uno es extranjero en esta tierra y es posible que el gusto de los neoyorquinos por tales alteraciones de temperatura sea perpetuo, con lo que a continuación expondré tan sólo será de interés para los que vengan de cualquier otra nación del globo.
Relatemos:
Sales a la calle y padeces un calor y humedad insostenibles; alcanzas el metro y, esperando, el calor y la humedad se tornan indescriptibles; llega el tren y cambiamos de piscina a una de aguas inconmensurablemente frías; bajas en tu parada y el calor y la humedad retornan intolerables; asciendes a la calle y calor y humedad te saludan impertérritos; accedes a tu destino –en este caso la universidad- e inicias un tránsito de bañeras de aguas templadas a piscina gélida en la biblioteca; terminas tu jornadas, te remojas en los tibios estanques del lobby y sales a un calor y humedad impenitentes; caminas al metro, te cueces en el andén, te hielas en el tren, te asas a la salida, te doras camino a casa y, si eres afortunado, duermes en una fresca pileta o, si eres más humilde, me tumbo a tratar de descansar medio desnudo chorreando calor y humedad por cada poro.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco.
En realidad, yo que defiende el valor expresivo de las palabras gruesas debería escribir que Nueva York es una ciudad sucia de cojones, pero conocedor de que mi madre lee estas crónicas trataré de contener mi lenguaje. No es contenible, ni concebible, sin embargo, ver centelleantes ratas cruzando la sexta avenida -quizás de camino a mi barrio en el que, por la noche, es posible verlas por docenas-, tener que sortear inmensas montañas de bolsas de basura negras a cada esquina y en cada zona, tropezar con todo tipo de despojos urbanos a cada paso, estar obligado a taparse la nariz al caminar por un sin fin de calles, o ver a repugnantes palomas acicalarse en lóbregas aguas frente a Wall Street.
Un martes realicé un experimento: Coloqué una lata vacía de (importado) atún en las cercanías de la esquina de mi casa. Esperé para ver cuánto tardaría en ser retirada. El viernes, hastiado, recogí la lata y la tiré en un desbordado cubo de basura.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado.
Aproximadamente a las dos de la mañana, cada noche, mis vecinos del cuarto piso saludan a Eros haciendo el amor a ventana descubierta; dos pisos más arriba, la pareja que vive a mi altura pero un poco a la derecha acostumbra a pasear por la casa en ropa interior en los ratos en que no están frente a una enorme computadora; un piso más abajo, una madre suele echar tremendas puteadas a un jovencito que aparece siempre bien entrada la noche; en el piso inferior, toda una familia de afroamericanos consumen día y noche sentados en el sofá, meditando o conversando, quién sabría; la chica que vive bajo ellos parece ser amiga de un grupo de jóvenes que pasan largas jornadas en la calle jugando con una pelota en medio de la calle, se asoma por la ventana, habla con ellos, se sienta, vuelve a salir, habla por teléfono, se asoma, sonríe; dos pisos a la derecha, tres niñas hispanas deshojan la margarita sentadas en la escalera de incendios, mientras su vecino de la derecha cierra la ventana al iniciarse el ocaso para bajar al portal donde, sentado, pasa horas y horas; un piso a la izquierda, una joven pareja se afana en pintar y decorar el que, quizás, sea su primer hogar en comunión, a veces se les oye discutir desde aquí sobre algunos muebles; dos pisos más arriba, tres chicas consumen todo su tiempo repanchigadas en un sofá viendo la tele. Algunas noches me ven aquí sentado, leyendo o escribiendo en mi ordenador, y me saludan alegremente. Yo las respondo agitando la mano y pienso: ¿Desconocerá toda esta gente que, una vez, alguien, inventó las cortinas y las persianas?
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme.
Resultó un cóctel entre lo sintomático y lo lamentable tener que preguntar -tras consultar a más de una decena de viandantes y, sin duda, al menos una docena de taxis- a un travesti de unos sesenta años por un maldito lugar abierto a las cuatro de la mañana. Eso sí, su respuesta fue de antología:
- ¿Qué quieres? Estás en Nueva York, una ciudad en decadencia y muerta a estas horas. De todos modos, puedes venir a Bum-Bum.
- ¿Bum-Bum? –respondí en mi atribulado inglés- ¿Qué es, un after hour, una discoteca?
- No, –rió mientras paraba un taxi- voy a mi casa, si quieres puedes venir conmigo a hacer bum-bum juntos.
- Ouh, en realidad -repliqué sonriendo y retirando su mano de mi hombro- no es exactamente eso lo que andaba buscando. Pero gracias.
- De nada, amor.
No obstante, en justicia, con la llegada días después de los refuerzos del general Gustavo ha de notificarse que, finalmente, fue un viernes noche cuando salimos a las once y regresamos a las doce, de la mañana. Cerramos un pub y tres after hours, dejando sólo sal y cenizas a nuestras espaldas.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión.
A) Dios santo, cómo come cominos.
Recuerdo que una de las historias que una vez relaté sobre mi primer viaje a Guatemala llevaba por título “aquí todo el mundo tiene novio”; desconozco la amplitud de la monogamia en este lugar que ahora me acoge, pero sí tengo la certeza de que “aquí todo el mundo tiene hambre”. No es ahora la cuestión si comen mucha o poca cantidad, sino que, a cualquier hora, en cualquier lugar, siempre hay gente comiendo, siempre. La noche, por supuesto, no podría ser una excepción.
En mi ciudad tenemos una suerte de liturgia previa a salir de parranda. Nos sentamos, invocamos a los enanitos de la argamasa y ellos utilizan lo que estemos cenando como primera barrera de contención para mitigar los excesos del generoso vino español que vendrá. Puede que, de madrugada, sea necesario ayudar a nuestros amigos con algún bocado despistado de refuerzo, pero, en líneas generales, el engullir finaliza una vez las tropas se ponen en marcha y se desenfunda el primer trago. En Nueva York, como diría Mónica, cómplice de uno de esos bocados vespertinos hace ya tres años: “nada que ver”.
La primera noche que salí por el Village, solo y a mi suerte, resultó para mí lo más incomprensible de todo ver multitud de tiendas de ropa, alhajas, tatuajes y piercings abiertas quizás a las dos o tres de la mañana. Resultó, no obstante, más inexplicable aún encontrar que la gente entraba alegremente en las mismas, se probaba ropa, miraba catálogos, compraba una falda, escogía unos pendientes o se tatuaba dios vaya a saber qué. Tras esto, descubrir que cientos de tiendas que vendían flores y plantas de toda naturaleza no cerraban, literalmente, nunca, fue sólo una bagatela.
No fue, en todo caso, hasta tiempo después, ya con mis compadres de España sobre el terreno, cuando caímos en la cuenta: Al caer el sol, la gente se dedicaba a comer, ininterrumpidamente, en un horquilla que abarca desde las siete u ocho de la tarde a las cinco o seis de la mañana. Luego, empalmaban con monumentales desayunos.
- ¿Qué coño harán, - consultaba Gustavo – vomitarán a cada rato para poder seguir comiendo?
- Te lo imaginas – reía Oscar.
- Mira esos –apuntó George – acaban de salir del bar aquel, se han ensillado dos trozos de pizza del carajo y regresan al bar.
- Me apuesto un brazo –agregué- a que en un rato salen de nuevo y se enchufan un kebab, una hamburguesa o un minotauro.
B) “Puta madre, no nos habíamos dado cuenta, ¡es la hora bruja!”
En Madrid calificamos de “hora bruja” el temible momento de la noche en que el metro aún no ha abierto, los últimos “búhos” se recogen ya hacia sus guaridas diurnas y los primeros autobuses matinales aún no se han desperezado. Transcurre, aproximadamente, entre las cinco y las seis de la mañana. En ese momento, sólo Agur podría moverse por la ciudad.
Este inconveniente ha sido borrado de la faz de la tierra en Nueva York. El metro, sucio, viejo y ardiente, recorre la urbe las veinticuatro horas del día. La hora bruja, no obstante, queda reservada para un momento aún más terrorífico.
- Javi, ve tú tronco. Le he pedido una cerveza y no sé qué coño dice – espetó ansioso Gustavo.
Poco después regresaba Javi, con una mezcla de sonrisa y desconcierto en su rostro.
- Te cagas, me ha dicho que sólo tienen agua, Red Bull, y zumos. Parece que en esta ciudad está prohibida la venta de alcohol de cuatro a ocho de la mañana, y que la gente sólo se pone de pastis y buenrris (*) hasta las cejas a estas horas. Lo más de coña es que me dice que, una vez den las ocho y uno, podemos pedir lo que nos dé la gana en esta misma barra, ahora no.
No hubo respuesta en Gustavo, sólo unos ojos abiertos como platos inmensos. Durante generaciones se diría que en ese instante comenzó a contar los segundos que restaban hasta las ocho y uno de la mañana.
(*) Nota del traductor: “Pastis y buenrris” es usado en este caso para referirse a las drogas sintéticas, también denominadas drogas de diseño. En los lugares reseñados la gran mayoría del aforo parecía estar bajo los efectos de tales sustancias, bailando junto a un significativo número de personas que al grito de “pills-pills” debían hacer su agosto gracias a la legislación vigente. Los fieles a las virtudes del alcohol nos contábamos, sin duda, entre la menor de las minorías.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo.
Si el país en el que me encuentro gusta de llamarse a sí mismo por el nombre del continente en el que se halla, la ciudad en la que habito se complace autodenominándose “the city”, lo que nos deja con la duda de cómo nombrar al resto de asentamientos urbanos del orbe.
Nueva York, le dirán, es la capital del mundo, el lugar más multicultural y cosmopolita del planeta, el sitio más loco e interesante en el que vivir, la ciudad más bella y apasionante que recorrer, el punto en la tierra con la más despampanante arquitectura del globo, la meca del conocimiento y el estudio, el centro de la producción intelectual y artística del universo, etc.
Así:
I) Cenaba con un grupo de oriundos del lugar y uno de ellos chapurreaba en castellano algunas notas de su reciente visita a la capital de mi país. La verdad, más que una crónica parecía una lista de agravios que concluyó echando más ketchup en su plato con la sentencia: “Además, en Madrid es que no hay ni rascacielos.”
- En realidad, -se apresuró a responder el pequeño nacionalista madrileño que habita en mí- nosotros no trabajamos los rascacielos, más bien nos dedicamos a rascarnos los huevos, sobre todo después de comer. Lo llamamos calidad de vida, mediterranean way of life, si lo prefieres.
Mi interlocutor terminó de engullir su segunda hamburguesa antes de que mis palabras se extinguieran y mientras deslizaba un sí-sí ya se levantaba para marchar apresuradamente hacia otro lugar al que, sin duda, no iba a acompañarle.
II) Cierto es que, para cualquier investigador, Nueva York es una mina de diamantes. Los fondos de sus bibliotecas, centros de estudios, institutos e instituciones son formidables. La inmensa mayoría de profesores, académicos, activistas e intelectuales que aquí residen son de primerísima fila. El tiempo trabajado aquí, por tanto, habrá de medirse como si habitases en el Bosque Dorado de Lothlórien.
Resulta entonces curioso, cuanto menos, que muchos de sus estudiantes universitarios exhiban una incultura sobrecogedora. Sobran las anécdotas de aquéllos que se cruzaron en el camino con jóvenes que desconocían que América del Sur estaba unida a América del Norte o, cómo no, que colocaban a España próxima a las fronteras de un México quizás mítico.
No obstante, debo reconocer que mi experiencia con universitarios de este lado del mundo, salvando alguna excepción que omitiré, a la par de reducida ha sido bastante gratificante. Me atrevería a decir que la mayoría estaban, al menos en conocimientos, por encima de muchos de mis compatriotas que se hallan en las mismas lides. Sin embargo, deslizaré ahora un dato quizás elocuente:
Si los asiduos a este lugar rememoran mi crónica inicial sobre los Estados Unidos de Norte América, no podrán recordar un dato que no mencioné. Acompañando a las preguntas tendentes a conocer la existencia de tu pasado genocida o terroristas, tus tendencias nazis, tus intenciones de atentar contra esta nación o tu atesoramiento de caracoles, figuraba una advertencia que rezaba algo como: “Si responde que sí a alguna de estas preguntas, posiblemente se le denegará la entrada a los Estados Unidos.”
Creo que si examinara a mis alumnos con tal advertencia, se me agotarían las matriculas de honor en los primeros quince minutos.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo y pleno de contrastes.
Gustavo comentaba que quizás sólo en el Miami que acababa de dejar atrás había encontrado más vagabundos que en Nueva York. Un instante después fotografiaba una limusina de seis ventanas que se detenía a la entrada del Trump International Hotel and Tower.
Oscar parecía siempre ocupado con aquellos ojos virtuales persiguiendo centenares de mujeres espectaculares que brotaban aquí y allá, como setas en otoño. Un instante después tenía que volver a apartarse para dejar paso a dulces señoritas de la estirpe del Maestro Quattroppani: No obesas, sino muy humanas, como dos o tres humanos juntos.
Josu explicaba que conducir aquel coche era como hacerlo con una auto de choque: acelarar o frenar, no más; a mayor abundamiento, descubrió una función que denominamos “velocidad de crucero”: fijaba, por ejemplo, el coche a 100 kph y él solito se aceleraba o frenaba para mantener esa velocidad constante durante el trayecto. Un instante antes se rendía ante el complejo sistema previsto para poder lavar, secar y planchar su ropa en Nueva York.
George se jactaba de ser uno de los pocos que al que no le requisaron nada, no tuvo que sacar y meter todas las pertenencias de mochilas y bolsos, quitarse cinturones, zapatillas, reloj o cadenas al acceder a cualquiera de los muchos lugares turísticos que visitamos. Un instante antes facturaba su equipaje en España cuando le hicieron deshacer completamente su maleta, revisando hasta si tenía la parte de atrás de las orejas bien limpias.
Curro sudaba bajo un sol aplastante mientras jugaba al baloncesto con cuatro tipos de cuerpo esculpido; a su alrededor Central Park bullía de miles de personas haciendo cualquier tipo de ejercicio. Un instante después almorzaba rodeado de decenas de hombres que ordenaban plato tras plato, postre tras postre.
Antonio parecía maravillado ante la diversidad de gentes que en cada lugar de la ciudad podían verse; se diría que esta variedad, sobre cualquier otra virtud, fue lo que más le agradó en su estancia. Un instante después salía hacia España sin tiempo de poder cruzarse ya con aquel hombre vestido de pies a cabeza como un plátano, o su quizás pariente, de igual guisa pero como una enorme tostada ambulante.
Javi temía por su economía antes de llegar a la ciudad, sin embargo, las leyendas sobre el coste de la vida en Nueva York se le desvanecieron al gastar menos de cuatro euros en su primer almuerzo. Un instante después gemía desconsolado recontando sus dólares una y otra vez tras una noche de restaurante y copas hasta la madrugada: Las bajas se contaban en cifras de dos ceros.
Todos ellos, no comprendían, se ofuscaban, se resistían, se irritaban ante la idea de una propina de carácter vinculante; era una contradicción en los términos y, siempre, al tener que pagarla trataban de arañar todo centavo posible refunfuñando molestos al dejar el dinero. Un instante después, primero Ulyses, luego Ivet, y finalmente Nehat explicarían: Los camareros en este lado del mundo, tan jóvenes y tan parecidos a todos ellos, sólo reciben como salario aquello que los clientes dejan como propina.
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Aun siendo Nueva York un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo y pleno de contrastes, de entre los muchos lugares descritos en estas crónicas, creo que esta ciudad podría ser un excelente lugar de exilio para cuando el mercado laboral de mi país me dé la prevista patada en el trasero. Sea.
6. septiembre 2005 @ 15:05 ·
Comentarios (13) · Miscelánea guatemalteca
“Ubicada sobre la costa noreste de los Estado Unidos, Boston es una de las ciudades más viejas del país. En ella los visitantes podrán recorrer un camino que pasa por los lugares más afamados de la Revolución Americana como el Boston Common, la Antigua Casa de Reuniones, la casa de Paul Revere y el Bunker Hill. Boston es una ciudad rica en historia y tradición, famosa por su espíritu tranquilo y mentalidad conservadora.” Estas últimas características justificaron, sin duda alguna, que mientras circulábamos por la carretera que unía Boston y Montreal las dos jóvenes ocupantes del coche a nuestra derecha nos mostraran sus pechos mientras exhibían un cartel que rezaba "Show us your dicks". Era el segundo día de nuestro viaje.
- Oye, ¿vas a escribir todo el viaje del Equipo A en tu página web comenzado con aquello de “ésta es su historia”? – preguntó Gustavo antes de soltar una sonora carcajada mientras los seis compañeros desayunaban huevos, beicon, patatas asadas, cafés y zumos de manzana en el restaurante de la parte trasera del motel que les había dado cobijo la noche anterior.
- Hombre, lo voy a intentar, pero sería como redactar otra tesis doctoral. Sólo para explicar alguna de las anécdotas mil necesitaría un siglo. Tendré que hacer un resumen a gusto del consumidor- respondió Javi al tiempo que, sin percatarse, era observado por decenas de cabezas de ciervo que adornaban el local.
- A todo esto – interrumpió George, uno de los hermanos somnífero, dando señales de que hasta él comenzaba a espabilarse - ¿dónde pollas estamos?
- Ni idea, en algún punto entre Canadá y Washington. Pregúntale al Josulin, él se chupó las últimas tres o cuatro horas de coche después de cenar en el sitio infame aquél – respondió Currelas, a la sazón, segundo hermano somnífero.
En aquel momento, Osquitar se unió a la mesa con los ojos aún hinchados después de las cinco horas de sueño diario.
- Joder, no entiendo nada, la tipa esa que parece la capitana de animadoras de las películas que al final se casó con el muchacho del pueblo me ha pedido el pasaporte. Decía algo como que si no tenía 21 años no podía entrar. ¡Su puta madre!, si yo sólo quiero desayunar. ¡Son las 8 de la mañana, qué coño es esto, un afterhour de carretera!
- Ya, a todos nosotros nos lo ha pedido también – respondió alguno de nosotros entre las risas de los demás.
“Washington DC es mas que una ciudad pero menos que un Estado. Es un distrito creado por el Congreso de los Estados Unidos en 1790 como un lugar para reunirse y negociar sus asuntos de gobierno. Hoy en día Washington DC es una ciudad de contrastes. El área central está bellamente diseñada con amplias avenidas y magníficos edificios y monumentos, sin embargo algunos de los vecindarios que la rodean son pobres y dilapidados. Hay mucho que ver en Washington DC y la mayor parte es gratis.” Gratis, sin duda, no le resultó al gobierno de los Estados Unidos el dispositivo que montó para, de improviso, rodear nuestro monovolúmen con más de media docena de coches de policía, agentes montados a caballo, dos furgonetas de estilo FBI y un perro adiestrado para localizar explosivos. Nosotros, estupefactos, simplemente andábamos dando vueltas y más vueltas por las proximidades del Mall tratando de aparcar el coche. Era el sexto día de nuestro viaje.
Resulta común que aquellos que piensan realizar un viaje por algún lugar planeen una ruta, busquen hoteles, hagan reservas, consigan mapas, estudien donde conviene o no parar y realicen toda una serie de preparativos previos que nosotros ignoramos ya desde el momento en que tuvimos que volver a mi casa desde la agencia de alquiler de coches porque, de salida, se me había olvidado el pasaporte allí. La suerte fue que viera el pasaporte de Oscar cuando fui a pagarle el dinero que me puso para ir, al acabar mi labor en la universidad la noche anterior, a un musical de Broadway o a un partido de baloncesto en el Madison Square Garden, ya no recuerdo. Y digo suerte porque sino, claro, no habría podido entrar ni en Canadá ni dejar los Estados Unidos; aunque, bien visto, tampoco nos faltó suerte cuando a Curro no se le ocurrió otra cosa que decir a nuestro regreso a los Estados Unidos que yo estaba aquí trabajando mientras el perplejo agente de inmigración sostenía mi pasaporte de turista.
“Vais hacia Montreal..., estupendo, es una ciudad preciosa y además no tan aburrida como ésta. Allí los bares están abiertos todo el día y siempre hay alguna discoteca donde terminar la noche. Os encantará Montreal”. Oscar, aturullado ya por la belleza de la joven, a la que luego bautizaríamos como Katee, ya por esta larga frase en inglés, sólo acertó a responder: “Entonces, ¿nos recomiendas Montreal?” Ella, quizás confusa, replicó sonriente: “Definitely, yes”. Al llegar a la noche de Montreal comprendimos en un instante que ya no estábamos en los EstaNdosJuntitos: la gente encendía sus cigarrillos sin el menor síntoma criminal en el interior de un pub. Era el tercer día de nuestro viaje.
El único inconveniente de ir improvisando, modificando y ajustando cada día nuestra ruta hacia Ítaca fue una curiosa mezcla de cagadas y golpes de suerte difíciles de repetir: Cagadas maestras como levantarnos a las 6 para entrar en el Capitolio el mismo día que tan sólo se permitía la visita del más ínfimo de sus aposentos, suerte como poder colarnos después hasta la cocina y asistir a una sesión del Congreso de los Estados Unidos. Suerte como aparcar en Montreal a preguntar por un hostal justo enfrente del hotel más barato de la ciudad, cagadas como caminar bajo un sol de justicia bostoniana para encontrar que la zona marcada en el mapa sólo era un complejo de miles de hospitales sin el menor atractivo. Suerte como poder acceder en un santiamén a la Torre CN de Toronto, cagada como rodear el mismo castillo en Montreal tres o cuatro veces en busca del Hard Rock Café. Suerte como tener el tiempo justo para realizar todas y cada de las actividades posibles en las cataratas del Niágara, cagada como tener que recorrernos el Cementerio de Arlignton en el preciso momento del día en que el termómetro marcaba 41 grados y no había una sola sombra a la vista. Suerte como endiñarnos la mejor de las langostas termidor por 30 dólares canadienses en Montreal, cagada de la noche anterior malgastada de local en local en búsqueda y captura de la misma langosta en un Boston demasiado aletargado para servir cenas más allá de las 22.00 horas. Suerte como detenernos a voleo en Kingston y descubrir que era un sitio encantador, parar en un lugar de carretera cualquiera y meternos la mejor de nuestras comidas, entrar al azar en el primer pub de Montreal y toparnos con un garito espectacular y una juerga de primera, cagadas como tener que sortear una obra faraónica para alcanzar el Bunker Hill de Boston, tener que cenar en el China Town de Washington un “party for six” que más que una fiesta era un entierro culinario, o dar más vueltas que un tiovivo para poder dar con un lugar donde dormir en Toronto.
“Las Cataratas del Niágara de Ontario están ubicadas al otro lado del río de Las Cataratas del Niágara de Nueva York, con la gran cascada ubicada justo entre estas dos ciudades. El lado Canadiense tiene las mejores vistas de las Cataratas del Niágara y un carácter muy distinto que el de su contraparte en los Estados Unidos. Las Cataratas del Niágara de Ontario están mucho más comercializadas y orientadas al turismo que las Cataratas del Niágara de Nueva York.” Resultó difícil, no obstante, discriminar si estábamos en Canadá o en los Estado Unidos cuando varios de nuestros vecinos nos mandaron al carajo, en perfecto castellano, tras hacerles esperar muchos minutos para sacar, como es regla, la mejor de las fotos posibles del lugar. Fue necesario, poco después tomamos un barco que nos aproximó a metros de la mayor de las cataratas mojándonos hasta los tuétanos. En aquel trayecto, nos convertimos en un foco de atención quizás mayor que las mismas cataratas: Seis españoles gritando, riendo y salpicando toda clase de incongruencias no resultaba cosa sencilla de ver en este lado del mundo. Era el quinto día de nuestro viaje.
Rememorando, encontré mi primer recuerdo de los Estados Unidos, fue en Valencia, hace muchos años, cuando de niño observé una de la Fallas que representaba a un enorme misil nuclear con la leyenda “USA-ME”; sonriendo por el descubrimiento, observé al resto de mis compañeros obcecados en meter todo el equipaje en el coche. Físicamente, el peor parado era Josu: Sus ojos comenzaron siendo los vivaces luceros de un prometedor ingeniero para acabar tornándose en dos bolsas moradas propias de un boxeador noqueado por un Behemoth; sus pies, de ágiles soportes de su joven cuerpo terminaron convertidos en una próspera industria de ampollas y rozaduras de todo tamaño, índole y condición. Gustavo, mientras tanto, cantaba a feliz dúo con Oscar el que sería nuestro himno nacional: “Patear, Patear, Patear sin parar”.
“Toronto es la ciudad más grande del país y la capital de Ontario. En ciertos círculos la llaman “el motor de Canadá”. Toronto es el cuarto mercado de capitales en el mundo. La palabra Toronto quiere decir “sitio de reunión”. La verdad es que agradecimos llegar a Toronto porque en Monteral no entendíamos ni palabra ni sitio de reunión; sólo para negociar con el primer -y único- taxi que tomamos tuvimos que hacer gala de nuestros peores conocimientos de un francés que agonizaba en aquello de “yo no compro pan”. En cualquier caso, estimo que en todos los lugares que conocimos, nadie nos entendió nada. Pese a que Curro y yo éramos los políglotas designados para toda gestión de importancia, nuestra jerga diaria estaba siempre jalonada y trufada de invocaciones a “lloooobbsssterrr” y “aaaaasssscoaaarrr”. Fue justamente en Toronto cuando todos estallamos en una risotada fraterna cuando George, incapaz de ser comprendido en su petición de más hielo, conjuró al dependiente con un: “ey, aaaaasssscoaaarrr, que quiero más hielo y más lloooobbsssterrr”. Era el cuarto día de nuestro viaje.
Cualquier que haya viajado con un par de amigos sabe que, tan sólo este hecho, asegura un tiempo inolvidable pleno de anécdotas, por mucho que el trayecto sea breve o los lugares a visitar insignificantes. El 20 de julio de 2005 decidí tomarme mis seis días de vacaciones anuales junto a cinco de mis amigos recién llegados de España. Recorrimos más de tres mil kilómetros visitando Boston, Montreal, Kingston, Toronto, las Cataratas del Niagara y Washington. En este momento, tres de ellos conducen camino a Atlantic City, uno marcha de polizonte rumbo a Chicago y el otro descansa ya en Madrid tras alcanzar su avión, por un suspiro, en nuestro último viaje contra reloj. Si usted tiene la suerte de encontrarles, quizás pueda contratarlos.
2. agosto 2005 @ 17:30 ·
Comentarios (15) · Miscelánea guatemalteca
No resulta muy cortés iniciar una relación inquiriendo al recién conocido con un amable ¿padece usted alguna enfermedad contagiosa, deficiencia física o mental, o es adicto a las drogas?; más bien uno pensaría que la tara psicológica la sufre aquél que así diera la bienvenida a un desconocido, pero ésta será la primera pregunta que deberás responder si te diriges a los Estados Unidos de Norte América.
En realidad, me corrijo, el interrogatorio comienza incluso en tu propio país. Dejando al margen pesadillas recaudatorias como aquello que llaman “visado”, ya uno está haciendo cola para facturar sus atribuladas maletas y le asaltan-a-dónde-se-dirige-cuánto-tiempo-va-a-estar-en-los-Estados-Unidos- (la señorita me interpelaba, yo respondía, mi corazón se aceleraba un poco, ella introducía vaya usted a saber qué en una maquinita que pendía de su brazo, me miraba) -lleva-armas-en-su-equipaje-alguien-ha-usado-su-laptop-que-no-sea-usted-en-los-ultimos-meses- (yo trataba de resolver los acertijos, más datos a ese cacharro, más mirada, más pulsaciones) -lleva-usted-productos-químicos-mecheros-tijeras-cuchillos-puñales- (ya no respondía, confesaba; ella me miraba, tecleaba, me miraba, debía poder escuchar mis latidos, escudriñaba mi pasaporte, miraba, sudor en mis manos, miraba) -es-su-primer-viaje-a-los-Estados- Unidos-lleva-usted-carnes-alimentos-sin-envasar-plantas-animales-frutas-esas-maletas-son-suyas-se-las-ha-prestado-a-alguien-en-los-últimos-diez-días- (el corazón se me salía del pecho, sí, no, no, sí, no, no, sí) -se-ha-relacionado-con-algún-desconocido-en-el-aeropuer(pum,pum,pum)to-ha-aceptado-paquetes-objetos-bolsas-rega(pumpumpum)los-de-alguien-que-lleve-en-su-equipaje-ahora(PUMno,PnoUM, nPUMo) –gracias-tenga-un-muy-buen-viaje.
-Mami, ¿cuándo lleguemos a Nueva York me comprarás la tabla de surf?
- Qué fuerte, hija, aún no hemos salido y ya estás pensado en irte a hacer surf.
- Yah, mami, venga, ¡me lo prometiste!
- Sí, cariño, pero mami tiene que trabajar y quiero que estemos juntas.
- Es injusto, ¡me lo prometiste!
- Vale, vale, te la compraré, qué fuerte. Pero prométeme tú que no te irás todos los días a hacer surf.
- Te lo prometo, mami.
La chiquilla, rubia y feliz, besó a su madre y continuó empujando el carrito con su equipaje sin percatarse de que el joven que las precedía salía de su conversación con aquella señora bajita del aeropuerto sudando como un pollo y con amago de taquicardia. Estaba demasiada excitada con la idea de volar a Nueva York tres días antes de cumplir sus quince años.
La madre, radiante y teñida, sonrió a su hija y continuó trabando su conversación con una serie infinita de “qué fuertes” sin darse cuenta de que el joven que las precedía pugnaba ya por reducir su ritmo cardiaco y secar sus inundadas manos. Estaba demasiada ocupada tratando de hacer cómplice de su conversación a todos los que la rodeaban.
Ninguna de las dos podría saber nunca que en la mente de aquel joven bullían cuatro datos que él mismo, días atrás, había valorado como desafortunadamente sugerentes:
“1) Respuesta del consulado de España en Nueva York a mi mail de hace un par de meses:
“Ahora bien, es facultad del oficial de Inmigración que le reciba en el aeropuerto el dejarle entrar o no, dependiendo de las respuestas que le de a sus preguntas y a no haber estado en EE.UU. con anterioridad y haberse quedado más tiempo del que le autorizaron.
Atentamente,
Asuntos Asistenciales”
2) Añadamos: La noche previa a salir hacia el aeropuerto me despido de un amigo que me cuenta que su viaje de dos semanas por Europa ha durado un día; lo que tardaron en deportarle al intentar entrar en Londres sin pasaje de vuelta.
3) Sumemos: ¿Quién no ha leído u oído sobre las formas y maneras que se estilan en los servicios de inmigración estadounidenses?
4) Agreguemos: Última predisposición personal a los ataques de nerviosismo desaforado desde la odisea en el espacio que debí protagonizar en los aeropuertos costarricenses para eludir el atraco a mano armada de las tarifas por sobrepeso.”
Estos cuatro puntos, ahora claramente ordenados, resbalaban por aquella nuca mía del 5 de julio mientras trataba de serenarme para, inmediatamente, reanudar una suerte de histeria trepadora pensado lo que me esperaría al llegar a la verdadera prueba de fuego de las fronteras imperiales. Lo más desconcertante es que no tenía nada (o casi nada) que ocultar, simplemente temía que mi propio estado de nervios me condujera a una cómoda salita de inmigración en la que departir con un proctólogo neuronal.
El escenario que encontraría, además, invitó a todo menos al nirvana.
Pero aún tenía ocho horas por delante de vuelo, y nada como Continental Airlines para relajarse un tantito: Asientos amplios, pantallitas de televisión individual con cien mil canales, videojuegos, películas, documentales, coca colita por aquí, zumito por allá... Ufff, al fin podrPero, qué pasa, por qué no despegamos... Leche, una señora dice que ha perdido su pasaporte... Coño, sube una especia de jefe de la aerolínea... Puta, llega un tipo que parece así como policía... Ostia, se la bajan, a ella y a toda su familia... No señora, no va a poder viajar, haga lo que haga las autoridades de inmigración no van a dejarla entrar en el país, debe acompañarnos.
Tal como lo relato, tal como si esta historia la hubiera escrito uno de aquellos guionistas de precocinados que consiguen que a los cinco minutos nadie se crea nada, así ocurrió. Parecía una prueba más de la conspiración internacional que, a cada instante, nos acecha. Era como si uno teme a las arañas, se sienta en su avión tras escapar de una selva repleta de arácnidos y su compañera de butaca resulta ser una tarántula del tamaño de un oso que te saluda amablemente retirando el período que lee con sus 8000 ojos.
En fin, no había modo de escapar de la paranoia, el hormigueo estomacal y la inagotable expulsión de líquidos corporales. Pero hete aquí que el amigo americano, siempre diligente, tuvo la mejor de las ocurrencias para destensar mis nervios con el más disparatado de los sentidos del humor. Andaba yo ojeando una de mis guías de Nueva York cuando una despampanante azafata me entregó lo que, en apariencia, sólo era uno de esos aburridos formularios que siempre has de rellenar cuando viajas de acá para allá. Sin embargo, para mi sorpresa y deleite, el astuto Tío Sam había incluido en él algunas de las mejores frases que jamás haya visto.
Qué añadir a preguntas como: “¿Ha estado o está implicado en actos de espionaje o sabotaje; actividades terroristas; genocidios; o participó de algún modo entre 1933 y 1945 en persecuciones relacionadas con la Alemania nazi o sus aliados?”; por no citar otra consulta gloriosa como fue “¿pretende entrar en los Estados Unidos para realizar actividades criminales o inmorales?”
Recuerdo haber leído en algún sitio que este tipo de interrogantes no son solamente una forma incomprensible de gastar tinta y papel, sino que responden a alguna exigencia peculiar de las leyes estadounidenses; pero al margen de su posible pertinencia hubo una de las cuestiones que, he de reconocer, me hizo soltar una carcajada: “¿Traigo: agentes de enfermedades, cultivos celulares, caracoles? Si o No.” ¿! Qué pasa con los caracoles?! ¿Son una subespecie celular contagiosa? ¿Qué macabra relación hay entre un agente de enfermedades, un cultivo celular y un pobre caracol? ¿La sombra de la sospecha se extenderá también a las babosas, los erizos de mar, los bígaros, los gusanos de seda o las lombrices de tierra? Pero, un momento, ¿se refiere a caracoles vivos o si llevo una lata de caracoles bien guisaditos debo responder que soy algo como un terrorista biológico? Y si antes de tomar el avión he comido caracoles, ¿ha de entenderse que traigo en mi interior un cultivo celular que debo declarar? O quizás, si lo que he comido son caracoles de uno de nuestros contaminados mares ¿deberé reconocerme portador de algún agente de enfermedades entre mis jugos gástricos? Muy posiblemente lo mejor será, para evitar problemas, entrar en el baño y expulsar los medio digeridos caracoles al espacio exterior, pero, cáspita, ¿estaré ya sobre la Zona Económica Exclusiva de los Estados Unidos? ¿Podría un caracol ser una amenaza para la seguridad nacional?
Tanto escándalo por unos caracoles, qué cosas... No cabe duda de que algunos se preocupan de cosas que, para otros, para mí, son totalmente incomprensibles; y por ello, reconozco, estas situaciones me despiertan una profundad hilaridad. Hilaridad que, con la cabeza bien alta, cargo contra mí mismo, contra mis absurdos miedos, sudores, y taquicardias que, martirizándome, recorrieron la laberíntica cola hacia las casetas de inmigración, fueron envalentonándose ante la vista de soldados, perros, policías y personal de aduanas pistola al ristre, explotaron al llegar mi turno, entregaron mi pasaporte, pusieron unos dedos ostensiblemente temblorosos en una maquinita, balbucieron a una pregunta trivial y tuvieron que escabullirse derrotados, pero no vencidos, cuando mi voz pudo decir THANK YOU ante el disfrute su estancia del agente que me permitió entrar en aquella cosa mítica que algunos llaman Gotham.
12. julio 2005 @ 15:05 ·
Comentarios (10) · Miscelánea guatemalteca
I. Me imagino que mi madre nunca se pudo imaginar que, veinticinco años después de que le diera la vida, su hijo estaría sobrevolando la cuidad de Panamá montado en un helicóptero azul; mas, en esas me encontraba yo un 8 de septiembre tras haberme tirado:
1) 7 horas en autobús de San José a la frontera (escoltado por un grupo de adolescentes hormonales capitaneados por una monja ataviada con cazadora de calaveras –Sor Satánica, para los amigos-).
2) 1 hora en una soda chino-tica-taiwanesa, sita en un lugar en medio de la nada, haciendo tiempo hasta que dieran las 6 am. para que se abriera el paso fronterizo (antes no se puede cruzar la frontera... Aunque parezca increíble, así es).
3) 3 horas, primero razonando, luego discutiendo y finalmente cagándome en, sobre y tras los funcionarios de inmigración panameños. El hecho de que no hubiera forma humana de evitar tener que cumplir sus irracionales exigencias, no es la sola razón que me lleva a afirmar que de todas las fronteras centroamericanas, la de Costa Rica-Panamá (paso de Canoas) gana con sobras el premio al peor trato y organización, con mención de oro (la de plata se la queda la frontera Honduras-Nicaragua (2001)).
4) 7 horas en autobús hasta la cuidad de Panamá. Un agitado trayecto en que nuestros adolescentes compañeros descubrieron un periódico olvidado, el cual, sorpréndanse como yo la primera vez que vi un ejemplar de ese diario, incluye en la última página fotos de una bella señorita en paños menores que se declara irremediablemente “adicta al sexo”. (Sor Satánica, por dicha, no se percató de este hallazgo pues atendía a una de las niñas aquejada de un profundo mareo, ofreciéndole, como consuelo ante su estado, la siguiente recomendación: “O vomitas o te mueres”. La chiquilla, claro, echó hasta el hígado después de eso).
5) 3 horas en un taxi que “alquilamos” -por 12 dólares- que nos llevó desde el Mirador del Puente de las Américas a la isla de Amador pasando y parando en todo lugar que se nos antojara –y que se nos antojó-. Curioso fue que ante la petición de que nos llevara a un lugar, económico, de comida panameña para cenar, nos propusiera acercarnos a un puticlub con un cómodo reservado. Entendimos que la diversidad lingüística debió hacer que el “cenar” que él escuchó no fuera el mismo “cenar” que nosotros expresamos, pues ante nuestras risas, él continuaba hablando de cenar “langosta con pelos”... ... ...
6) 1 hora, ahora sí, cenando –en una buena repetición del tenedor libre de Buenos Aires que compartí con Rober- en el Restaurante la Cascada I, que tenía un menú de unas 20 páginas, bombillas rojas sobre las mesas para llamar a la mesera, y platos de tamaño pleistocenito.
7) 2 horas caminando por la vía España -y aledaños- y resguardándonos de la lluvia torrencial en el Casino de Panamá (DOS dólares incluidos en la ruleta). El desconsuelo para el viajero es que en todo este trayecto no encontramos ni un mísero bar abierto en el que tomar una cerveza –o dos-.
8) 5 horas durmiendo en el recomendable hotel Latino.
9) 10 minutos desayunado un café liliputiense y media docena de plátanos, como antesala de las 8 horas que pasamos caminando por todo Panamá (del casco viejo a Paitilla y vuelta a empezar).
10) 2 horas viendo el impresionante funcionamiento de la esclusa de Miraflores -y 10 minutos comiendo a la carrera una pizza mitad grasa, mitad sebo-.
Creo que de todas las capitales de, en sentido amplio, Centroamérica, Panamá es la más hermosa. Posiblemente su casco histórico no puede competir, en nada, con el Gótico de Barcelona; sus rascacielos nada serán si los enfrentamos con los neoyorquinos; sus ruinas históricas nada son si las confrontamos con las de Cartagena de Indias; y su malecón es una broma visto frente al de la Habana. Pero, la ciudad, en su conjunto, es de las pocas, muy pocas, que merecen ser visitadas en esta parte del Continente Americano. ¡Linda Panamá!
II. Me imagino que mi madre tampoco nunca pudo imaginar que su hijo, veinticinco años después de su nacimiento, estaría silenciosamente sentando en la penumbra de un salón de cañas atendiendo a un Congreso de la comunidad kuna de Aliagandi; mas, ahí mismo me encontraba yo un 9 de septiembre.
El líder de la Comunidad, Shaila en lengua kuna, Sardá en lengua de Gustavo y mía, representa, en su esencia, todas las complejidades de una etnia que, gracias a diversas luchas, aún hoy se rige por sus propios usos y costumbres, sin intromisión –al menos excesiva- de las autoridades panameñas.
A primera vista, el observador sólo verá a un entrañable ancianito tumbado en una hamaca en el centro de la estancia de reuniones, ataviado con una especie de sombrero de semivaquero, fumando cigarrillo tras cigarrillo, y sosteniendo un desproporcionado bastón con el lema: “Rey de los Judíos”; pero, tras esa imagen, detrás de la figura de ese frágil octogenario que, martes y jueves, preside actos en los que interpreta ininteligibles canciones que, posteriormente, descifran sus discípulos, se esconde una suerte de ungido por la religión, la moral y la política de la Comunidad que, pese a cierta apariencia de democracia directa, dirige los destinos de todo su pueblo con férrea mano.
La sociedad kuna –organizada a lo largo de más de 350 islotes- vive el complejo equilibrio de una cultura ancestral en permanente peligro por la “invasión del interior”. Este hecho nos debería situar en un idílico mundo en el que tendríamos que posicionarnos en la más abigarrada defensa de los valores y tradiciones indígenas frente al colonialismo cultural de otras sociedades –las nuestras-, mas, cuando uno escucha algunos de esos valores y tradiciones, reconozco, se le ponen –se me pusieron- los pelillos de punta: Pensemos en cosas como los matrimonios concertados –a edades como los 12 años-, ritos realizados en la primera menstruación de las niñas que, seguramente, serían considerados como tratos inhumanos o degradantes por más de un jurista, desprecio total y completo a los homosexuales, o, lo que sin duda sí constituye tortura, la prohibición de acostarse con la esposa los cuatro primeros días después de celebrarse el matrimonio.
En esta línea, destáquense cosas como que sólo las mujeres kunas están obligadas a vestirse con sus ropas tradicionales, con las que, además sólo ellas, deben realizar la limpieza de las zonas comunes de la Comunidad rotatoriamente.
Digo zonas comunes y digo bien, porque, aunque intuitivamente yo pensé lo contrario, la propiedad privada está más que bien asentada en las distintas islas y, si no es mediante la compra o el arrendamiento, el único modo de poder conseguir una vivienda es rellenando los terrenos que rodean la isla –generalmente con piedras, basuras, y sin ningún planeamiento o supervisión- y construyendo sobre el terrero ganado al mar.
El mar, precisamente, es considerado como la abuela de la Comunidad, lo que es una imagen muy linda si no es porque Gustavo y yo tuvimos que contener la risa cuando esto mismo nos explicó uno de los más aventajados discípulos de Sardá mientras observábamos como todos los váteres están, directamente, suspendidos sobre el mismo mar, que, además, sirve de basurero público para toda la Comunidad.
Lo cierto es que el mismo discurso religioso de este discípulo, más que posible siguiente Sardá, escandalizaría a más de uno. La religión kuna, que él nos explicó, pareciera compartir algunos mitos y valores del catolicismo más conservador y censurable junto a maravillosas leyendas e historias sobre la naturaleza y los orígenes kunas, y todo ello repleto de advertencias sobre el peligro de abandonar la cultura kuna en pos de otros valores o religiones perniciosas.
De todos modos, del otro lado las cosas tampoco pintan muy bien, porque la isla en la que nos encontrábamos se aproximaba peligrosamente a una Colombia desde donde, según nos contaron, llegaba cantidades de droga y alcohol (ambos prohibidos por Sardá) que estaban descoyuntando a muchos kunas que allí habitaban.
Creo que la mejor síntesis entre los dos extremos la presentaba nuestro anfitrión, padre de un conocido panameño, que, a pesar de su avanzada edad, se levantaba contra la rigidez de Sardá, mientras reconocía los peligros de perderse en una cultura ajena por completo al kuna. Con él pescamos, viajamos, cogimos cocos y vivimos dos intensos días.
Y para todo ello, volamos previamente en un avión casi propio del Barón Rojo, aterrizamos y despegamos de unas cuatro islitas en las que, casi seguro, el maestro Julio Q. no cabría tumbado, y navegamos, rodeados de delfines, en una canoa (cayuca) antediluviana.
III. Me imagino que, con seguridad, mi madre jamás imagino que, veinticinco años después de que le cogiera por vez primera entre sus brazos, su hijo estaría sumergido en el cristalino mar Caribe de cabo Zapatilla, entre arrecifes de coral, peces arco iris, delfines y mantas rayas; mas, en ese mismo lugar me encontraba yo un 13 de septiembre.
Para que no gastar tinta, el lugar es simplemente la isla donde se grabó el inefable programa aquel de “Supervivientes” (Survivors, en realidad): pa cagarse, vaya, que diría un castizo. Pa cagarse fue, igualmente, el camino recorrido para llegar hasta allá. Valga relatarlo para hacerse una idea de otros tantos viajes hechos por estas latitudes –y seguro que por hacer-:
Salimos de Panamá a eso de las 10.00; a las 17.00 llegamos a David; de ahí, a las 17.30 partimos para Almirante; a las 21.00 llegamos, pero al ser noche cerrada (!) no había lanchas para llegar a Bocas; tuvimos que desviarnos a Changinola a donde llegamos tipo 21.40; desde allá traté de localizar a mis compadres Carlos e Isabel en el hotel de una de las islas del archipiélago de Bocas (Carenerero) en el que debía verlos al día siguiente; no había forma de conseguir el número del hotel que ni siquiera aparecía en la guía de teléfonos que me prestó el recepcionista chino del motel -al que, por cierto, no entendía ni jota; tuve que llamar a España para que Mónica me buscase por internet el número; telefonee, el hotel estaba cerrado y no había nota alguna para mí; llamé a Costa Rica a ver si alguien sabía en que otro hotel podían estar; nadie me cogió el teléfono; me rendí; salimos a tomar algo por las discotecas –por denominarlas de algún modo- de Changuinola; acabamos de tomar algo a las 6 am.; a las 10 me levanté para ir de nuevo a Almirante; llegué a las 11.00 y tuve que tomar dos taxis y dos lanchas para llegar a Carenerero; antes, paré un momento en Isla Colón para ver mi correo electrónica por si me habían mandado un mail con el nuevo lugar para vernos; Yahoo no funcionaba desde el día anterior; me tiré 4 horas recorriéndo, mochila la hombro, Carenerero de arriba a abajo preguntando en todos los hoteles por mis colegas; nada de nada; me rendí; me fui a una fiesta que, sin motivo visible, había montada en la playa; paré un momento a buscar mi mechero; oí gritos; en una barca a lo lejos –como rememorando el encuentro con Leo en Donosti- pasaban mis amigos; me habían visto. A los minutos, tomábamos unas cervezas en una terraza pegada al mar. Al día siguiente, estaba con ellos en cabo Zapatilla.
IV. Me imagino que mi madre no sé si imaginó, pero seguro que deseó, que, su hijo, veinticinco años después de su primera bocanada de aire, estuviera medio encerrado en casa trabajando a destajo; más a mi pesar que a mi querer, en esas estuve yo desde un 15 de septiembre.
En una de esas remembranzas sobre las que conversamos crónicas atrás, viajaba yo de Manzanillo a San José con una saturación en mi vejiga que crecía kilómetro a kilómetro. ¡Puta!, ya iba a estallar cuando pedí el auxilio y consejo de Carlitos. Su recomendación fue tajante. Al instante estaba solicitando una paradita en medio de la carretera al conductor y echando una meada horizontal al suelo.
En la vieja Europa, en un viaje Madrid-Lisboa, con la misma presión urinaria, el conductor me mandó al carajo y no explosioné sólo porque la vida parecía tenerme reservados otros destinos. Dice la leyenda -o sea Rafa y Gustavo- que hasta me daban vahídos del esfuerzo de contención que tuve que ejercer...
Estaba de vuelta en San José, y, llovía, claro. Cualquiera podría decir que la única más que posible causa de muerte en esta ciudad es cruzar una calle, pero, parece, la delincuencia incluso supera a esta realmente arriesgada actividad diaria. Siempre pensé que el problema en sí no es que acabes muerto en un atraco –pues si ha de pasar, pasará- sino la psicosis que te causa el que todo el mundo te ande con bienintencionados consejos y advertencias sobre lo peligroso que es todo a todas horas y en todo momento. Y es que, si uno anda permanentemente con mil ojos, tras tanto aviso yo andaba invariablemente como si fuese el Hombre Mosca.
Esto fue hasta recordar que el mismo error cometí cuando vivía en Guatemala, con lo que retorné a la anterior conclusión, que, el paso del tiempo, me ha obligado a reconsiderar a la luz de que en el mismo San José:
1) Antuan tuvo un amago de asalto, a 200 metros de la casa, del que salió indemne gracias a un bolígrafo que transformó en aparente navaja.
2) A Marta le robaron –hurtaron, en realidad- su pasaporte, tarjetas y dinero.
3) A Víctor y Carlos les asaltaron a punta de pistola a la salida del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (a donde, a fuerza de trabajar allí, tenía que ir cada día).
4) A un amigo de mi vecino, le asaltaron, dispararon y asesinaron para robarle un saxofón.
5) A un compañero del Instituto le robaron a golpes la mochila (tal es la situación que, en estos mismos momentos, se está construyendo un garita de seguridad a la entrada del propio Instituto).
6) A mis otros vecinos, Carol y Pablo, hace apenas tres días, les entraron en la casa y robaron el DVD, los pasaportes, un montón de CDs...
Reconozco que nunca había vivido semejante ola de crimen en mis allegados.
Reconsideraré la conclusión entonces, pero ahora lo anterior me permite comentar algo que, el que llegue acá, escuchará pronto: la culpa es de los inmigrantes. Y es que (generalizando como sólo yo, y los estúpidos, hacen):
- Los ticos aborrecen a los nicas y desconfían de los panas.
Lo que sonaría extraño si no fuese porque, de vuelta a casa:
- Los españoles aborrecen a los magrebies y desconfían de los franceses.
En todos lados cuecen habas, vamos, aunque hay que reconocer que la versión tica de los diminutivos queda mucho más dulce, sin duda.
Por supuesto, lo anterior podría relacionarse con algo ya abordado en muchas otras crónicas, que en este caso se plasma en que: los centroamericanos sienten la misma estima por los ticos que los sudamericanos por los argentinos...
Divide y vencerás, en una.
Pero no me detengo ahora es esto, la anterior expresión del sentimiento hacia el inmigrante me lleva a reconocer que, en lo que yo viví, el tico, o la tica, tienen una idiosincrasia que navega entre lo europeo, lo hispanoamericano y lo, sin duda, gringo. Así, no son tan fríos como los gringos pero tampoco tan cálidos como otros iberoamericanos, y, a la vez, son tan educados y formales como todo hispanoamericano pero con igual dificultad a abrirse que un europeo. No son tan individualistas como los gringos, pero para nada tan comprometidos como otros hispanoamericanos; ni tan desinformados sobre la realidad internacional como muchos gringos pero tampoco igual de preocupados que muchos europeos. Pero, eso sí, les gusta la joda y el fútbol lo mismo que a un europeo, a un gringo y a cualquier iberoamericano.
Ahora, debo reconocer que esta extraña conjunción geográfico-cultural es tan sólo una primera aproximación, pues si a ella unimos que llegué acompañado de mi compadre-compatriota, que recibí a muchos más (en los momentos de mayor sobrepoblación: 8 inquilinos dormían la resaca en mi salón), y que he pasado los tres meses con media cabeza, con cuernitos y manchas blancas y negras, en Madrid, deberé reconocer que no me ha sido posible terminar de conocer, en profundidad, a ningún tico o tica; al igual que siempre me fue imposible entender qué carajo me preguntaban los dependientes del Taco Bell cada vez que ordenaba algo.
Habrá otra ocasión, espero, para superar ambas imposibilidades.
V. Lo que, supongo, mi madre sí pudo imaginar es que, un día, su hijo tendría que despedirse de grandes amigos que conocería en un lejano país y que, al hacerlo, se marcharía con el mismo corazón que veinticinco años antes latía en su vientre, partido.
Y es que, como en todo momento, en todo lugar, y en todo viaje, lo más maravilloso son las personas que Providencia pone en tu camino.
Carlos, Isabel, Marcia, Ary, Silvia, Víctor, Carlos (Urquilla), Antonio, Irene, Byron, Charles, Katia, Vicente, Cristina, Denisse, Diego, Eddy, Monika, Rafael, Jessica, Mario, Pablo, Carol, Randall: GRACIAS.
La próxima cerveza, la pago yo en Madrid.
6. octubre 2004 @ 00:00 ·
Comentarios (11) · Miscelánea guatemalteca
Amaya me decía que si no hablas –o escribes- a menudo, cada día, con quien quiera que desee escucharte –o leerte-, se hace más difícil poder contarle cosas, pues, concluía, es más difícil explicar los cambios vividos en un mes que en un día.
Precisamente, hace como un mes que no me siento a tratar de plasmar lo vivido por estas tierras, y, en este momento, comprendo cuanta razón tenía mi querida amiga.
Los hechos objetivos son de fácil reseña: pasé cinco días de reencuentros en mi siempre recordada Guatemala, viajé un fin de semana al portento natural que es Manuel Antonio, conocí un enorme cráter habitado por una laguna del verde más esmeralda que pudiera imaginarse, recibí a viejos amigos y cabalgué con ellos por soles y lunas, viví treinta días y treinta noches encontrando nuevas personas y nuevos lugares en mi descuidado San José; mas, ¿cómo explicar todo lo que no es objetivo?
Gustavo, siempre entre la genialidad y la locura, acostumbra a relatar sus viajes, al llegar a casa, montando una especie de teatro ambulante en el que describe, día a día, dónde estuvo, qué comió, qué bebió y a quién conoció. El conjunto de descripciones le permiten conformar un dibujo de lo que, en su interior -que es donde cuenta- vivió entre anécdota y anécdota. Quizás sea éste un modo adecuado para, en última instancia, trasladar a tus oyentes lo que, en realidad, es imposible trasladar, pero, he de reconocer, debería acudir a mi diario para contaros tantas cosas acaecidas en estos días, y ese terrero, sabéis, está vedado incluso para Mónica.
Esta mañana de domingo, afanado en apasionadas labores de limpieza, pensaba justamente en todas estas cosas mientras observaba como un tímido sol sanjosefino secaba (muy poco a poco) mi ropa interior, y, frente a tan poco evocadora visión, me vinieron a la mente unos versos que, de alguna forma, pudieran servirme para relatar mi regreso a Guatemala.
O lugar a que se volta é sempre outro
A gare a que se volta é outra,
Ja nâo está a mesme gente, nem a mesma luz,
nem a mesme filosofia.
No descubro nada si digo que fue Pessoa quien nos regaló estas letras, y, posiblemente, tampoco lo haga al suscribirme a las mismas, pero, en realidad, las sensaciones que me atravesaron al volver a pisar mi antigua casa, mi antiguo barrio, mi antigua universidad, ni tan siquiera sé si fueron parecidas a las que escribiera Fernando pues, os confieso, pasaron por encima de mí sin apenas poder preguntarles la hora. Todo fue demasiado rápido, demasiado intenso. Quise ver a tanta gente, a tantas personas que marcaron un antes y un después en mi vida, que, al final, sospecho, quedé más aturdido que satisfecho. Apenas pude degustar los momentos y, más bien, como el ganso, acabé engulléndolo todo y preguntándome, sentando en el avión, si realmente había regresado a Guatemala o si, como en el poema, todo había sido un sueño.
Casi no he podido encontrar la penumbra para pensar en ello desde entonces, y, de alguna forma, a pesar de la sobrecarga de trabajo que podría explicarlo todo, creo que me da miedo hacerlo. De ahí, pudiera decirse, que decidiera abrumarme con la belleza inefable de Manuel Antonio, atorar mis sentidos subiendo al Poas, haciendo rafting por el Sarapiquí, o canopy por las alturas de Quepos, y, suerte tengo, todos estos lugares, todo lugar acá, te golpea los cinco sentidos de forma tal que, aunque no quieras, quedas exhausto, mareado, inservible para toda reflexión.
Así que se me hace muy cuesta arriba poder compartiros mi último mes americano; no puedo levantar el telón y hablaros de lo que me supuso volver a reír con Dunia, con Paola, con Rita, con Werner, con Mónica, con Marlene, con Lisandro, con Nancy, con Deborah, con Yadira, con Silvita, con Claudia, con Sandy, con Javier, con Sarita, con Mari, con Larry, con Gustavo, con Regina, con María Jesús y sus amigos/as, con ...; de igual forma no sé cómo escribir lo qué me pasó por la mente al ver a Isabella, o al conocer el candor de “mi reina linda”, o al no encontrar a Liss o a Brenda o a Bernardo; no encuentro las palabras para explicar mi maravilloso viaje con Amaya, el reencuentro con Gustavo y George recién aterrizados de Madrid, las cuitas de la convivencia, el abrumador talento de Isabel, las noches vividas con Vicente o con Antonio o con Jorge o con Marcia, los bailes pseudoepilépticos de Albert y el Chino, las risas y las lágrimas en casa de Carlitos, las nostalgias de lo propio...
Quizás, entonces, pudiera acabar esta tortuosa crónica resumiéndoos todo con dos palabras que, acá, son de una polisemia tal que me permitirán, confío, concentrar lo vivido y lo sufrido en estas treinta lunas:
Pura vida, amigos/as.
2. septiembre 2004 @ 00:00 ·
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Puede que fuera algo como un sábado lo que comenzaba a clarear mientras en el barrio de Desamparados aquella anciana aireaba la sala en un vano intento de expulsar el tufo que desprendía la ropa que su hijo terminaba de usar para sumergirse en las montañas de basura buscando algún el Dorado, tan dorado como la moneda de quinientos Colones que el gringo que reía a mi costado acababa de dejar sobre la barra del Key Largo después de tocar el trasero a todas las chicas que allá trabajaban y girarse para salir, con su negro sombrero de vaquero bien calado, del brazo de esa muchacha que, más que su hija, podría ser su nieta, y, posiblemente, podría ser también su abuelo aquel hombre que, horas arriba horas abajo, en Puerto Limón agarró, al vuelo, otra dorada moneda que ahora ya descansaba en unas manos que bien pudieran haber sido las que Gemma, momentos antes, utilizara para entregarle a Rafa aquellos 5 Colones que, divertido, arrojó desde la terraza de La Salamandra, ante la perpleja mirada de unos ojos, los míos, que no mucho antes habían acabo, de un plumazo, con Las Venas Abiertas de América Latina, para entender, digamos, porque nosotros estábamos en aquel balcón de arriba y aquel hombre en aquella calle de abajo. Y abajo, posiblemente, se le vinieron, también, los ánimos a aquel rastagigolo que, apenas horas antes, bramaba, como el ciervo, al paso de la misma Gemma que, recién llegada a San José, escondía en su cintura aquellos mismos Colones que, días después, invertiría en alquilar un helicóptero o un avión, tanto monta, con el que, quién sabe, llegar a un lugar tan increíble como el Parque de Cahuita, donde, en algún momento, habíamos disfrutado de unas playas y unas selvas que nada deberían envidiar a las de aquel famoso Tortuguero del que me hablaba, en el Cuartel, alguien conocido de alguien que conoció Antonio en el gimnasio, y por el que, ese día u otro, surcaban, a la par, tortugas y lanchas repletas de la misma cocaína que, sentado en la terraza de mi casa, leía transformada en moneda de curso legal en alguna zona de una Colombia que, sin duda, compartía jungla casi de igual belleza que la que los mismos Rafa y Gemma vivieron en Manuel Antonio, antes o después, de contemplar, de camino a Pollito Campero, como unas palomas se comían, y hasta trataban de fornicar, a una de sus hermanas muerta en medio de la Plaza de la Democracia de San José. Medio muerta, me explicaba Josué, quizás en ese mismo momento, estaba la Democracia en Costa Rica, poco antes o poco después de que en aquel local de San Pedro bañara mi garganta en cervezas Imperiales y mis oídos en enseñanzas sobre el TLC, la política universitaria y la sociedad civil al hilo de las marchas por el Combo, y seguro que en algún instante anterior o posterior al mismo clarear en que Antonio bailara, ora batido ora embutido, entre cuerpos en el Bambu de Puerto Viejo mientras mis pupilas observaban a un tipo que se movía en perspicaz esquivo de la luz de un encendedor que brillaba con la misma intermitencia con la que unos vascos tomaban cervezas y se quejaban de España, o de Madrid, que lo mismo les parecía, y maldecían su suerte por estar en un país donde, lo que reina, es la misma tranquilidad y naturaleza que yo observo, desde el patio del Instituto Interamericano, cuando a mi mente acuden las nostalgias que, sin éxito, trato de ocultar en la marea de libros que inunda éste mi despacho, el cual, en realidad, poco tiene de despacho pensando en aquel que dejé y que hoy navega rodeado de la tristeza de mi tita y de las cuitas de mi sister, sensaciones ambas que en nada se parecen a la alegría de Marta, mi hermana, que en uno u otro de estos instantes, terminó de encontrar, me cuenta, un lugar donde construir su vida con su novio, mi cuñado, aún a un precio similar a lo que a mi me costaría, acá, el alquiler por unos 10.000 años, a pesar de vivir en una casa de dos pisos sita en un barrio que, como diría la canción que sonó hace minutos o siglos, es tan tranquilo que aquí Sid Vicius no se tomaría nada. Y puede que fuera en alguno de estos momentos cuando Amaya nos llamaba para fijar su llegada, o puede que justamente estuviera marcando cuando, con Ari, yo trataba de clavar un clavo infernal que, por obra y gracia de una tela, me escondiera de la luz maldita que cada día, a eso de las 6, me obligaba a enterrarme, como topo, bajo unas sabanas que en nada podrían compararse a la cobija que Antonio tuvo que comprar antes de descubrir que dormía sobre una civilización precolombina de ácaros que casi le roban la vida y que fueron los responsables de que, antes o después, el mismo Antonio tuviera que ir a la búsqueda de un camión que, aunque trataba de traerle un colchón nuevo, se había quedado varado en medio de alguna de las calles del mismo San José que, una vez cada dos o tres días, debemos recorrer para devolver nuestra cafetera que se obstina, irremediablemente, en morir y renacer eternamente, como muere y renace eternamente cada minuto que uno vive en la siempre deslumbrante Centro América.
23. julio 2004 @ 00:00 ·
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Pareciera que la vida es una suerte de escalera, de camino de ascenso en el que, peldaño a peldaño, vas creciendo como persona, madurando, adquiriendo experiencia, elevándote hacia una meta de máxima sabiduría, felicidad, plenitud o cualquier otra huevada que se nos ocurra. Pero en realidad, para el que os escribe, la vida es, a lo más, algo como una escalera de caracol, muy prensada, con muchos giros sobre sí misma, y diseñada, la mayoría de las veces, por un arquitecto con graves problemas de alcoholismo.
Cierto que, de algún modo, según caminas dijérase que asciendes, aún a base de dar vueltas y vueltas, pero no menos cierto es que, la estrecha separación entre cada rotación, te hace estar, quizás a mucha distancia en altura, pero casi pegado a peldaños por los que deambulaste hace años. Y, debo reconoceros, esta idea no es fruto de un meditado escrutinio intelectual, ni una conclusión epistemológica adquirida tras una lectura reposada de la obra de Hegel, es una realidad que a uno le asaltó mientras, perdóneseme, orinaba en un local de copas de San José de Costa Rica leyendo una sentencia garabateada en la pared: “Una novia sin tetas es un mejor amigo.” Y es que la misma carcajada que solté ya había salido de mi boca cuando, allá en San Juan, muchos escalones atrás, un maestro argentino me relató esta enseñanza por vez primera.
La misma punzada que sentí hace apenas dos días al escuchar “Al lado del Camino”, la había sentido ya tras una noche de excesos en la Habana, y era la misma que venía rotándome desde hacía 20 meses: el día en que la vi por primera vez allá en Madrid.
La sensación de desorientación máxima fue idéntica en los buses que de San Pedro iban a dios sabe dónde, que en aquel viaje disparatado por El Salvador, Honduras y Nicaragua.
Sonaba la misma melodía en un local de “decadencia” (sic) de San José que la que Fon se obstinaba en escuchar una y otra vez en aquella fiesta de despedida en Guatemala, y al oírla, me sentí igual de divertido.
El surrealista momento de quedar con una persona que es amiga de una amiga de la prima de la hermana de un conocido que una vez estuvo aquí y trabajó en el mismo lugar que el cuñado de esa persona que te espera sentada en la mesa de un bar, fue de la misma intensidad hoy que hace meses o años. Y la grata sorpresa de descubrir que esa persona (totalmente desconocida, en realidad), es estupenda me sorprendió tras haberla vivido en decenas de escalones ya pasados.
Fue similar la alegría al averiguar que acá una cerveza vale menos de 60 centavos que la que experimenté mi primera noche en Buenos Aires abrazado a una Quilmes con Pablo.
Me sentí igual de extraño y perdido el primer día acá que el primer día de cualquiera de los primeros días que pasé lejos de lo que me es propio.
Y en cada uno de estos momentos, en cada uno de estos instantes, tengo la sensación de no saber ya en que tramo de escaleras me encuentro, si subí mucho, bajé mucho, si me hallo donde debería o si los sentimientos, las sensaciones, son transversales a toda escalera, a toda vida, se encuentre uno donde se encuentre.
Y mientras yo escribía estas cosas, el tiempo, siempre caprichoso, corría sobre nosotros transformando esta primera semana en Costa Rica que hoy se cumple, en casi un lustro.
13. julio 2004 @ 00:00 ·
Comentarios (10) · Miscelánea guatemalteca