Si la vida es un tiempo de frustración, en el que por más cosas que hagas, lugares que visites, gente que conozcas, siempre quedará más en el deber que el haber. Si, además, de otro modo sería imposible vivir en el planeta tierra.
Si el problema del paraíso es que deberá ser habitado por seres humanos. Si, además, la leyenda, o el vecino, comparan esta ciudad con el parnaso y el que escribe, o mi persona, escogen a los imperfectos terrícolas que la habitan.
Si estos meses hubieran sido radicalmente diferentes sin Alia, José, Erica, Pierre, Meg, Lisa, Mónica, Helena, Ivet, Ulyses, Mariana, Leo, Ariel, Kelly, Kate, Antonio, Nehat, o Karen.
Y si, a la postre, usted quisiera saber las cosas que nunca se cuentan sobre Nueva York, tan sólo continúe leyendo esta crónica.
Nueva York es un balneario de aguas termales.
El clima es algo sobre lo que, incluso esta ciudad, sólo tiene voz, nunca voto; de tal suerte que resultará ocioso despotricar sobre el tremendo calor y humedad que bailan en estos lares. El diseño de esta urbe, sin embargo, sí amerita algún comentario.
Las bondades de los balnearios ya han sido ampliamente consignadas en otros escritos, con lo que bastará advertir que los cambios de agua fría-caliente-templada-fría-caliente resultan gratificantes no cuando quieres darte una ducha, sino cuando precisamente buscas tales experiencias. No obstante, uno es extranjero en esta tierra y es posible que el gusto de los neoyorquinos por tales alteraciones de temperatura sea perpetuo, con lo que a continuación expondré tan sólo será de interés para los que vengan de cualquier otra nación del globo.
Relatemos:
Sales a la calle y padeces un calor y humedad insostenibles; alcanzas el metro y, esperando, el calor y la humedad se tornan indescriptibles; llega el tren y cambiamos de piscina a una de aguas inconmensurablemente frías; bajas en tu parada y el calor y la humedad retornan intolerables; asciendes a la calle y calor y humedad te saludan impertérritos; accedes a tu destino –en este caso la universidad- e inicias un tránsito de bañeras de aguas templadas a piscina gélida en la biblioteca; terminas tu jornadas, te remojas en los tibios estanques del lobby y sales a un calor y humedad impenitentes; caminas al metro, te cueces en el andén, te hielas en el tren, te asas a la salida, te doras camino a casa y, si eres afortunado, duermes en una fresca pileta o, si eres más humilde, me tumbo a tratar de descansar medio desnudo chorreando calor y humedad por cada poro.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco.
En realidad, yo que defiende el valor expresivo de las palabras gruesas debería escribir que Nueva York es una ciudad sucia de cojones, pero conocedor de que mi madre lee estas crónicas trataré de contener mi lenguaje. No es contenible, ni concebible, sin embargo, ver centelleantes ratas cruzando la sexta avenida -quizás de camino a mi barrio en el que, por la noche, es posible verlas por docenas-, tener que sortear inmensas montañas de bolsas de basura negras a cada esquina y en cada zona, tropezar con todo tipo de despojos urbanos a cada paso, estar obligado a taparse la nariz al caminar por un sin fin de calles, o ver a repugnantes palomas acicalarse en lóbregas aguas frente a Wall Street.
Un martes realicé un experimento: Coloqué una lata vacía de (importado) atún en las cercanías de la esquina de mi casa. Esperé para ver cuánto tardaría en ser retirada. El viernes, hastiado, recogí la lata y la tiré en un desbordado cubo de basura.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado.
Aproximadamente a las dos de la mañana, cada noche, mis vecinos del cuarto piso saludan a Eros haciendo el amor a ventana descubierta; dos pisos más arriba, la pareja que vive a mi altura pero un poco a la derecha acostumbra a pasear por la casa en ropa interior en los ratos en que no están frente a una enorme computadora; un piso más abajo, una madre suele echar tremendas puteadas a un jovencito que aparece siempre bien entrada la noche; en el piso inferior, toda una familia de afroamericanos consumen día y noche sentados en el sofá, meditando o conversando, quién sabría; la chica que vive bajo ellos parece ser amiga de un grupo de jóvenes que pasan largas jornadas en la calle jugando con una pelota en medio de la calle, se asoma por la ventana, habla con ellos, se sienta, vuelve a salir, habla por teléfono, se asoma, sonríe; dos pisos a la derecha, tres niñas hispanas deshojan la margarita sentadas en la escalera de incendios, mientras su vecino de la derecha cierra la ventana al iniciarse el ocaso para bajar al portal donde, sentado, pasa horas y horas; un piso a la izquierda, una joven pareja se afana en pintar y decorar el que, quizás, sea su primer hogar en comunión, a veces se les oye discutir desde aquí sobre algunos muebles; dos pisos más arriba, tres chicas consumen todo su tiempo repanchigadas en un sofá viendo la tele. Algunas noches me ven aquí sentado, leyendo o escribiendo en mi ordenador, y me saludan alegremente. Yo las respondo agitando la mano y pienso: ¿Desconocerá toda esta gente que, una vez, alguien, inventó las cortinas y las persianas?
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme.
Resultó un cóctel entre lo sintomático y lo lamentable tener que preguntar -tras consultar a más de una decena de viandantes y, sin duda, al menos una docena de taxis- a un travesti de unos sesenta años por un maldito lugar abierto a las cuatro de la mañana. Eso sí, su respuesta fue de antología:
- ¿Qué quieres? Estás en Nueva York, una ciudad en decadencia y muerta a estas horas. De todos modos, puedes venir a Bum-Bum.
- ¿Bum-Bum? –respondí en mi atribulado inglés- ¿Qué es, un after hour, una discoteca?
- No, –rió mientras paraba un taxi- voy a mi casa, si quieres puedes venir conmigo a hacer bum-bum juntos.
- Ouh, en realidad -repliqué sonriendo y retirando su mano de mi hombro- no es exactamente eso lo que andaba buscando. Pero gracias.
- De nada, amor.
No obstante, en justicia, con la llegada días después de los refuerzos del general Gustavo ha de notificarse que, finalmente, fue un viernes noche cuando salimos a las once y regresamos a las doce, de la mañana. Cerramos un pub y tres after hours, dejando sólo sal y cenizas a nuestras espaldas.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión.
A) Dios santo, cómo come cominos.
Recuerdo que una de las historias que una vez relaté sobre mi primer viaje a Guatemala llevaba por título “aquí todo el mundo tiene novio”; desconozco la amplitud de la monogamia en este lugar que ahora me acoge, pero sí tengo la certeza de que “aquí todo el mundo tiene hambre”. No es ahora la cuestión si comen mucha o poca cantidad, sino que, a cualquier hora, en cualquier lugar, siempre hay gente comiendo, siempre. La noche, por supuesto, no podría ser una excepción.
En mi ciudad tenemos una suerte de liturgia previa a salir de parranda. Nos sentamos, invocamos a los enanitos de la argamasa y ellos utilizan lo que estemos cenando como primera barrera de contención para mitigar los excesos del generoso vino español que vendrá. Puede que, de madrugada, sea necesario ayudar a nuestros amigos con algún bocado despistado de refuerzo, pero, en líneas generales, el engullir finaliza una vez las tropas se ponen en marcha y se desenfunda el primer trago. En Nueva York, como diría Mónica, cómplice de uno de esos bocados vespertinos hace ya tres años: “nada que ver”.
La primera noche que salí por el Village, solo y a mi suerte, resultó para mí lo más incomprensible de todo ver multitud de tiendas de ropa, alhajas, tatuajes y piercings abiertas quizás a las dos o tres de la mañana. Resultó, no obstante, más inexplicable aún encontrar que la gente entraba alegremente en las mismas, se probaba ropa, miraba catálogos, compraba una falda, escogía unos pendientes o se tatuaba dios vaya a saber qué. Tras esto, descubrir que cientos de tiendas que vendían flores y plantas de toda naturaleza no cerraban, literalmente, nunca, fue sólo una bagatela.
No fue, en todo caso, hasta tiempo después, ya con mis compadres de España sobre el terreno, cuando caímos en la cuenta: Al caer el sol, la gente se dedicaba a comer, ininterrumpidamente, en un horquilla que abarca desde las siete u ocho de la tarde a las cinco o seis de la mañana. Luego, empalmaban con monumentales desayunos.
- ¿Qué coño harán, - consultaba Gustavo – vomitarán a cada rato para poder seguir comiendo?
- Te lo imaginas – reía Oscar.
- Mira esos –apuntó George – acaban de salir del bar aquel, se han ensillado dos trozos de pizza del carajo y regresan al bar.
- Me apuesto un brazo –agregué- a que en un rato salen de nuevo y se enchufan un kebab, una hamburguesa o un minotauro.
B) “Puta madre, no nos habíamos dado cuenta, ¡es la hora bruja!”
En Madrid calificamos de “hora bruja” el temible momento de la noche en que el metro aún no ha abierto, los últimos “búhos” se recogen ya hacia sus guaridas diurnas y los primeros autobuses matinales aún no se han desperezado. Transcurre, aproximadamente, entre las cinco y las seis de la mañana. En ese momento, sólo Agur podría moverse por la ciudad.
Este inconveniente ha sido borrado de la faz de la tierra en Nueva York. El metro, sucio, viejo y ardiente, recorre la urbe las veinticuatro horas del día. La hora bruja, no obstante, queda reservada para un momento aún más terrorífico.
- Javi, ve tú tronco. Le he pedido una cerveza y no sé qué coño dice – espetó ansioso Gustavo.
Poco después regresaba Javi, con una mezcla de sonrisa y desconcierto en su rostro.
- Te cagas, me ha dicho que sólo tienen agua, Red Bull, y zumos. Parece que en esta ciudad está prohibida la venta de alcohol de cuatro a ocho de la mañana, y que la gente sólo se pone de pastis y buenrris (*) hasta las cejas a estas horas. Lo más de coña es que me dice que, una vez den las ocho y uno, podemos pedir lo que nos dé la gana en esta misma barra, ahora no.
No hubo respuesta en Gustavo, sólo unos ojos abiertos como platos inmensos. Durante generaciones se diría que en ese instante comenzó a contar los segundos que restaban hasta las ocho y uno de la mañana.
(*) Nota del traductor: “Pastis y buenrris” es usado en este caso para referirse a las drogas sintéticas, también denominadas drogas de diseño. En los lugares reseñados la gran mayoría del aforo parecía estar bajo los efectos de tales sustancias, bailando junto a un significativo número de personas que al grito de “pills-pills” debían hacer su agosto gracias a la legislación vigente. Los fieles a las virtudes del alcohol nos contábamos, sin duda, entre la menor de las minorías.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo.
Si el país en el que me encuentro gusta de llamarse a sí mismo por el nombre del continente en el que se halla, la ciudad en la que habito se complace autodenominándose “the city”, lo que nos deja con la duda de cómo nombrar al resto de asentamientos urbanos del orbe.
Nueva York, le dirán, es la capital del mundo, el lugar más multicultural y cosmopolita del planeta, el sitio más loco e interesante en el que vivir, la ciudad más bella y apasionante que recorrer, el punto en la tierra con la más despampanante arquitectura del globo, la meca del conocimiento y el estudio, el centro de la producción intelectual y artística del universo, etc.
Así:
I) Cenaba con un grupo de oriundos del lugar y uno de ellos chapurreaba en castellano algunas notas de su reciente visita a la capital de mi país. La verdad, más que una crónica parecía una lista de agravios que concluyó echando más ketchup en su plato con la sentencia: “Además, en Madrid es que no hay ni rascacielos.”
- En realidad, -se apresuró a responder el pequeño nacionalista madrileño que habita en mí- nosotros no trabajamos los rascacielos, más bien nos dedicamos a rascarnos los huevos, sobre todo después de comer. Lo llamamos calidad de vida, mediterranean way of life, si lo prefieres.
Mi interlocutor terminó de engullir su segunda hamburguesa antes de que mis palabras se extinguieran y mientras deslizaba un sí-sí ya se levantaba para marchar apresuradamente hacia otro lugar al que, sin duda, no iba a acompañarle.
II) Cierto es que, para cualquier investigador, Nueva York es una mina de diamantes. Los fondos de sus bibliotecas, centros de estudios, institutos e instituciones son formidables. La inmensa mayoría de profesores, académicos, activistas e intelectuales que aquí residen son de primerísima fila. El tiempo trabajado aquí, por tanto, habrá de medirse como si habitases en el Bosque Dorado de Lothlórien.
Resulta entonces curioso, cuanto menos, que muchos de sus estudiantes universitarios exhiban una incultura sobrecogedora. Sobran las anécdotas de aquéllos que se cruzaron en el camino con jóvenes que desconocían que América del Sur estaba unida a América del Norte o, cómo no, que colocaban a España próxima a las fronteras de un México quizás mítico.
No obstante, debo reconocer que mi experiencia con universitarios de este lado del mundo, salvando alguna excepción que omitiré, a la par de reducida ha sido bastante gratificante. Me atrevería a decir que la mayoría estaban, al menos en conocimientos, por encima de muchos de mis compatriotas que se hallan en las mismas lides. Sin embargo, deslizaré ahora un dato quizás elocuente:
Si los asiduos a este lugar rememoran mi crónica inicial sobre los Estados Unidos de Norte América, no podrán recordar un dato que no mencioné. Acompañando a las preguntas tendentes a conocer la existencia de tu pasado genocida o terroristas, tus tendencias nazis, tus intenciones de atentar contra esta nación o tu atesoramiento de caracoles, figuraba una advertencia que rezaba algo como: “Si responde que sí a alguna de estas preguntas, posiblemente se le denegará la entrada a los Estados Unidos.”
Creo que si examinara a mis alumnos con tal advertencia, se me agotarían las matriculas de honor en los primeros quince minutos.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo y pleno de contrastes.
Gustavo comentaba que quizás sólo en el Miami que acababa de dejar atrás había encontrado más vagabundos que en Nueva York. Un instante después fotografiaba una limusina de seis ventanas que se detenía a la entrada del Trump International Hotel and Tower.
Oscar parecía siempre ocupado con aquellos ojos virtuales persiguiendo centenares de mujeres espectaculares que brotaban aquí y allá, como setas en otoño. Un instante después tenía que volver a apartarse para dejar paso a dulces señoritas de la estirpe del Maestro Quattroppani: No obesas, sino muy humanas, como dos o tres humanos juntos.
Josu explicaba que conducir aquel coche era como hacerlo con una auto de choque: acelarar o frenar, no más; a mayor abundamiento, descubrió una función que denominamos “velocidad de crucero”: fijaba, por ejemplo, el coche a 100 kph y él solito se aceleraba o frenaba para mantener esa velocidad constante durante el trayecto. Un instante antes se rendía ante el complejo sistema previsto para poder lavar, secar y planchar su ropa en Nueva York.
George se jactaba de ser uno de los pocos que al que no le requisaron nada, no tuvo que sacar y meter todas las pertenencias de mochilas y bolsos, quitarse cinturones, zapatillas, reloj o cadenas al acceder a cualquiera de los muchos lugares turísticos que visitamos. Un instante antes facturaba su equipaje en España cuando le hicieron deshacer completamente su maleta, revisando hasta si tenía la parte de atrás de las orejas bien limpias.
Curro sudaba bajo un sol aplastante mientras jugaba al baloncesto con cuatro tipos de cuerpo esculpido; a su alrededor Central Park bullía de miles de personas haciendo cualquier tipo de ejercicio. Un instante después almorzaba rodeado de decenas de hombres que ordenaban plato tras plato, postre tras postre.
Antonio parecía maravillado ante la diversidad de gentes que en cada lugar de la ciudad podían verse; se diría que esta variedad, sobre cualquier otra virtud, fue lo que más le agradó en su estancia. Un instante después salía hacia España sin tiempo de poder cruzarse ya con aquel hombre vestido de pies a cabeza como un plátano, o su quizás pariente, de igual guisa pero como una enorme tostada ambulante.
Javi temía por su economía antes de llegar a la ciudad, sin embargo, las leyendas sobre el coste de la vida en Nueva York se le desvanecieron al gastar menos de cuatro euros en su primer almuerzo. Un instante después gemía desconsolado recontando sus dólares una y otra vez tras una noche de restaurante y copas hasta la madrugada: Las bajas se contaban en cifras de dos ceros.
Todos ellos, no comprendían, se ofuscaban, se resistían, se irritaban ante la idea de una propina de carácter vinculante; era una contradicción en los términos y, siempre, al tener que pagarla trataban de arañar todo centavo posible refunfuñando molestos al dejar el dinero. Un instante después, primero Ulyses, luego Ivet, y finalmente Nehat explicarían: Los camareros en este lado del mundo, tan jóvenes y tan parecidos a todos ellos, sólo reciben como salario aquello que los clientes dejan como propina.
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Aun siendo Nueva York un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo y pleno de contrastes, de entre los muchos lugares descritos en estas crónicas, creo que esta ciudad podría ser un excelente lugar de exilio para cuando el mercado laboral de mi país me dé la prevista patada en el trasero. Sea.
6. septiembre 2005 @ 15:05 ·
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