Las mujeres aquí, las jóvenes aquí, las chicas aquí, son el sueño de cualquier Humbert Humbert de canosa sien y palpitante corazón.
Son tan dulces, tan melosas, tan armónicas (y armoniosas), tan cariñosas, tan musicales, tan dulces, tan dulces, tan dulces..., que hasta una mujer de la última edad de Jesucristo se te antoja una niña de espléndida sonrisa, voz de algodón azucarado, ojos como el Atitlán y amoroso abrazo.
Un capricho, en esencia, son las mujeres de Guatemala. Algo prohibido, obsceno quizás, ilegal sin duda, pero tan lejano de la JASP europea como Quetzaltenango de mi querida Malasaña madrileña.
Y es su voz lo que las convierte en ángeles de lo furtivo, en porteadoras de lo prohibido y anhelado a una vez. Es su voz la que te hace soñar con viajar en un destartalado autobús rojo, rodeado de gente acre, y ambicionar, uraño, su abrazo, su risa eterna y sus labios plenos de fresa y papaya.
Y no es que hable de niñas, o de aniñadas femeneidades, no, hablo de juristas y psicólogas, de catedráticas y estudiantes de leyes, de vendedoras de fruta y telas kandiskianas, de niñas rosa y tierra que me transforman, en un instante, de jovencito a maduro hombre que se deleita, sentado en el asiento de una caminioneta cualquiera de Guatemala, con la visión y el recuerdo de sus lolitas.
31. julio 2001 @ 00:00 ·
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