Un mes en Guate.
Momento de hacer balance.
Tiempo para balancear mi memoria, mecida por la brisa del Pacífico, del primer día al presente; y vuelta al pasado, y retorno a la mañana de hoy en mi despacho de la Universidad.
Libre viaje de ida y vuelta, sin billete ni camioneta.
Pendular marcha por mis experiencias.
Movimiento perpetuo por estos treinta días y treinta noches.
Resumir este tiempo, imposible.
Describir lo aprendido, demasiado.
Explicar lo vivido, un libro.
Realmente, no sabría, no sé, qué demonios escribir; me faltan las palabras y me sobran experiencias. No sé...
Ni siquiera sé qué será lo bello de los viajes, pero: Si lo bello son aquellas personas que nos descubren, volvamos a Dunia, a Yadira, a Paola, a Vega, a Lissette; perdamos entre Claudia, Nico, Mario, Laya, Tolín; viajemos hasta Marlene, Sarita, Rita, Lisandro, Mónica, Olga; recordemos a Julia, a Vir, a Yago, a Ana, Gemma, Goyo, Carlos, Adolfo, Esther, Carmen, Juan Carlos, Luisa; pensemos en Déborah, Juan Pablo,Ramón; detengamos el pendular itinerario en Fon e Irene; paremos un momento más, y deleitemos con el cuerpo y dulce abrazo de Brenda, y con la voluptuosidad de Ruth; busquemos la cómplice sonrisa con Chusi, con la duende del Petén, con aquel cubano de Solalá y su inseparable Jair; con los míticos interrogantes de Paco...
O, quizás, lo bello de los viajes son aquellos lugares que hollas por primera vez, y que acompañan tu vida hasta que los dioses te reclaman... Cómo no volver, entonces, aun por un instate, a la colonial Antigua, al atol de San Lucas, a Quetzaltenango, a las paradisiacas Aguas Georginas.
Cómo olvidar el fascinante viaje a Buena Vista o las ruinas de Iximché.
Cómo resistirse a regresar a las absolutamente inefables aguas del lago Atitlán, al misticismo de San Marcos, al vagoroso San Pedro, a las parrandas de Panajachel, a las voraces pulgas de Solalá, o al mercado multicolor de Chichicastenango.
Cómo luchar contra el recuerdo del viaje a Monterrico, de las inabarcables playas del Pacífico, del río Esclavos y del Canal de Avellana.
Cómo no entregarse a los dulces paseos por las calles de Guate, por los parques de Guate, por la vida de Guate...
Pero, ¿y si lo bello de los viajes es el vívido recordatorio de lo que tienes y dejas atrás allá en tu tierra? Serán, pues: Antonio, Asunción, Marta, mis queridos/as abuelos/as, Rafa, Cris, Jaco, Cuca, Elena, Oscar, Gus, Javi, Victor, Isabel, Juanmi, Rebe y Bea, José Luis, tíos, tías, Rodri, Álex, Álvaro, primos, primas, Pauline, Sonsóles, Alberto, Miriam, la siesta... Tantos son, tanto es...
En fin, sea lo que fuere “lo bello de los viajes”, nunca podré olvidar los ojos, negras perlas, de las guatemaltecas, las aguas cristalinas del Atitlán, los alocados viajes en pickup, un paseo por la Arcada de los Pobres, el peregrinar de camioneta en camioneta, la risa de aquella “niña”, el viaje a Buena Vista, aquel plato de Guacamole en Chichicastenago, el rostro de aquella maya junto al mercado central, aquel local de copas, risas y excesos, más allá de la lógica europea, el “baño georgino”, la descontrolada noche de Pana, el ”Dele, dele” de los camioneteros que retumba por todo la República, y, sobre todo, jamás podré olvidar el mágico surrealismo que, en este país, todo lo empapa.
20. agosto 2001 @ 00:00 ·
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