Cuando defender la vida, la libertad, la justicia, la dignidad, se convierte en una derrota endémica.
Cuando luchar por los Derechos Humanos se torna en una batalla contra un muro, en un grito frente a una tremenda pared sin orejas ni oídos.
Cuando trabajar en pos de la igualdad y el respeto se convierte en un peligro para tu vida, tu seguridad y la de tu familia.
Cuando tiempo y esfuerzos se derrochan para hacer de este mundo un lugar mejor, logrando tan sólo que nada cambie; que la impunidad continue campeando, ufana, por sus dominios; que el asesino siga descansando, seguro, en su finca; que el torturador aún saboree, tranquilo, un sabroso bistec en Buenos Aires; y que el genocida ría, alegre, en un teatro de Guatemala.
Es natural caer en la desesperanza, flaquear en tu compromiso.
Es lógico, normal, comprensible, justificable.
Sin embargo, un buen amigo me dijo una vez que: “cuando apagas una cerilla en el océano, aunque parezca mentira, lo estás calentando (principio de conservación de la energía de Lavoissier).
Quizás no seamos más que eso, cerillas, fósforos que tratan de calentar un inmenso océano de horror, crueldad y olvido. Tan sólo eso... Pero, ¿ha de derrotarnos la gélida frialdad del océano o la poca fuerza de nuestro fuego?
(A todos y todas los que han luchado, luchan y lucharán por los Derechos Humanos en el mundo).
28. agosto 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (3) · Humanos y derechos humanos