Aquí todo el mundo tiene novio, y yo paseo por la Sexta Avenida y pienso que todo el mundo tiene novio y que aquella chica de rostro tierra y ojos imposibles tiene novio, y pienso qué tan bueno sería ser como todo el mundo y pasear de la mano de aquellos enormes ojos de lince por la Arcada de los Pobres entre pedazos de mango y compactos hijos de la santa globalización.
Camino (o creo que lo hago) y sueño con unos ojos negros como la negra noche en la que los vi por vez primera, húmedos como la lluvia sobre el verdor del Parque Central, profundos como el abismo del hombre. Camino, sí, por unas uñas afiladas como para rasgarte el alma y por un mar de perlas de alegre melodía, risa.
Sueño con el olor de un cabello nunca olido, con el sabor de una piel nunca saboreada, y mis sueños, libérrimos, vuelan castigadores hasta un fugaz Escorial londinense; se pasean, melancólicos, por las Vistillas defraudadas, y se envuelven, caprichosos, en una colorida manta de Ikea; pero, obstinados, regresan a aquella mágica muchacha (que ya no sé real o imaginada) que ruega por un quetzal frente al Mercado, y revolotean, juguetones, por su cuerpo, su frente, sus maravillosas cejas, hasta que rozan ya sus labios, que se escapan, para siempre, en la Decimoquinta calle con el despertar del hilillo de voz de una niña maya, dulzura infinita, que quiere venderme (pienso) algo que escapa a la lógica de un madrileño, la mía:
-No, lo siento, no tengo plata...
Palabras torpes en un torpe intento de olvidar los sueños y los mares y las perlas y el canto de sirena de su risa y sus ojos y las afiladas garras de un destino que con cara de aquí-todo-el-mundo-tiene-novio, me observa, escondido, tras un radiante sol guatemalteco.
30. agosto 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (12) · Miscelánea guatemalteca