Se nos marchó la buena de Irene, ya no se la ve pasar por la casa de Sarita, ni se oye su voz, ni su risa (con Betty la fea de fondo musical), ni se puede discutir sobre hombres-mujeres (mujeres-hombres)... Se nos marchó una gran mujer, una querida amiga y una gran politóloga..., tristes quedamos, pero alegres de saber que llegó sana y salva a las españas, como bien describe esta increíble carta suya:
"El lunes aterricé en Madrid con puntualidad inglesa (y el bastón incorporado para el abuelo), a pesar del retraso de más de hora y media con el que salimos de Guatemala. Mi breve estancia en Miami fue bien y llena de sorpresas. Me volvieron a registrar las maletas una vez más y me hicieron cargarlas hasta la otra ala de la sala del aeropuerto para volverlas a embarcar.
En un primer momento pensé que el viaje de la piña y del bastón había terminado (y el mío también porque momentos antes había firmado un papel en el que juré que no transportaba frutas ni productos cárnicos) pero tuve suerte. Caí en gracia a los gringos que me registraron porque se dieron cuenta de que ese día era mi cumpleaños. Así que entre “happy birthdays!” volví a cerrar las maletas, esperando que el olor a piña que salía de una de ellas no me delatase.
Pero las sorpresas del viaje no se terminaron ahí.
Cuando llegué a la puerta en la que tenía que embarcar vi que, próximo al mostrador, había un chico cuya cara me era familiar. Vestía unos pantalones vaqueros, chupa de cuero marrón, visera y llevaba una guitarra en la mano. De buenas a primeras pensé... no puede ser... es demasiada coincidencia. Esta claro que el destino es impredecible y hay que aprovechar las oportunidades que te brinda. Así que, a pesar de los nervios iniciales, me acerqué a él y le dije:
“Hola, disculpa que te moleste pero tengo que decirte una cosa. Yo soy española pero en estos momentos vengo de Guatemala. He estado viviendo allí dos meses y una gran amiga mía me ha dado un recado para ti, por si alguna vez te veía. Me ha encargado que te diga que te ama”.
Acto seguido él se echó a reír y me preguntó qué tal me lo había pasado. Pero nuestra conversación no pudo durar más. Avisaron que había que embarcar y, por supuesto, los primeros que entran son los pasajeros que van en primera clase. Él se acercó al mostrador y yo, automáticamente, busqué un papel en la inmensidad de mi bolso. La única prueba que podía tener de ese encuentro fugaz era que me firmase un autógrafo, ya que en el aeropuerto de Guate me habían quitado las pilas de la cámara de fotos. Nerviosa, sólo palpé mi agenda. La saqué y le dije; “por favor, Alejandro, ¿podrías firmarme un autógrafo para ella?, se llama Silvia”.
Él encantado aceptó y, después, allí me dejó, plantada delante del mostrador, esperando que la azafata llamase el número de mi fila para, así, poder entrar y sentarme a pensar en los caprichos que a veces le depara a uno la vida.
Cuando el avión despegó cerré los ojos. Volví a pensar en las coincidencias que me habían pasado en las últimas semanas: mis relatos de los campos de concentración de Auschwitz y los comentarios de la esteticista de Sarita, los comentarios que os hice
sobre la vida de Navarro y la publicación de su artículo en el País y, después, la despedida de Silvia en el aeropuerto y la coincidencia de ver a Alejandro Sanz en Miami... Aquel, parecía ser un buen momento para pedir un deseo.
Quizá se cumpla alguna vez.
Pedí volver a veros, a todos.
Sólo hace tres días que estoy aquí y ¡tengo morriña!, mucha, más de lo que pensáis.
Cuidaros y disfrutad y ¡ah! Silvia, te enviaré el autógrafo en cuanto pueda (te juro que la historia es verdad) y Alfonso, Javi.... aprovechad al máximo en Nicaragua y no os olvidéis de la promesa que me hicisteis."
Irene Lapuerta.
10. octubre 2001 @ 00:00 ·
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