Alguien monstruosamente más sabio que yo (y que yo) escribió una vez (¡pero vaya vez!) que los hombres somos sólo tiempo...
Humildemente, maestro, me suscribo a su opinión...
Es el tiempo, o su desgaste, lo que nos crea y nos destruye; lo que nos cambia y nos reinventa; el que va destilando, minuto a minuto, todos los Javieres (o Alfonsos) que habitan dentro de Alfonso (o Javier), hasta obtener un licor de mayor o menor calidad...
En fin, es el paso del tiempo (tres meses ya casi) el que hace que lo que antes abría mis ojos de par en par (y de impar en impar), sea ahorita algo tan común como una caña (que no una “Gallo”) en la Plaza Mayor de Madrid. Hablo (o escribo, perdón) de muchas (¿demasiadas?) cosas: de los paisajes (verde) absolutamente imposibles de Guatemala, de las abigarradas y coloristas calles (Matisse) de Guatemala, del inefable pueblo (colgaos) de Guatemala; de los viajes (montaña rusa) en pickup por parajes sin pareja en las Españas; de las niñas mayas (todas), que sólo falta envolver para llevarte a casa (y perder el juicio (perdido) en (con, sin, sobre, tras) ellas). Hablo (o escribo, reperdón) de lugares, sólo soñables, donde prostitutas de todos los colores, sabores y alturas van al finalizar su jornada laboral (¿indignidad?) en busca de su príncipe azul, de su Harry Haller, de su jersey que las rescate (borrando) vidas pasadas (y cruzadas). Escribo (ahora sí) de cosas como un fotógrafo ciego guatemalteco exponiendo “una obra repleta de matices”, donde [/I]“lo que se ve es el tacto”[/I], fotografías que invitan a la caricia, que captura y escoge gracias a las vibraciones que le emiten (no coment); de gente como Jair.com, otrora pívot de la selección guatemalteca de baloncesto que, sin embargo, confesó su preferencia por el deporte de barra cantinera, una noche de feria en Sololá; como (y bebo a la salud de Jair) Paco el geógrafo sobre quien, por cierto, algún abotargado amanuense dejó escrita una crónica que bajo el título de “Paco o la Geografía al revés” decía algo así:
- “Hay algún país más grande que todos los países?
El hombre diminuto de agrícolas manos y bigote colonial alzó las cejas y se dejó balancear en la frágil mecedora del mediodía. A unos metros de distancia, en otra mecedora pero en el mismo mediodía, mostacho lampiño y con manos ágiles de dedos torpes, asumí mi ignorancia ante la inaudita y aguda pregunta.
- Rusia – musité.
- Ajá, Rusiass, eso es – masticó
Luego de un silencio delator, el cielo escupió, casquivano, unas gotas de agua. La humedad tropical se concentraba en torno a las orejas.
Un gallo contradiciendo las más elementales leyes de la lógica animal, ladró.
Fue entonces cuando supe que se trataba de un nuevo día en la ciudad capitalina de Guatemala.”
Pero no puedo (podemos) olvidar en este estelar repaso a “Honduras”, rubicundo elemento de redundante aspecto y comentarios: todo en él, recuerdo, remitía a su país: su camiseta balompédica, su tez tornasolada, su bigotillo revolucionario, sus gritos de exaltado nacionalismo catracho, sus combativas lágrimas antigringas, a la par que bailaba con asombrosa habilidad una barriga que le acercaba tanto a las féminas como en la práctica las alejaba. Ni evitar mencionar a otros inolvidables como: el hombre tailandés que farfullaba el castellano y prometía un híbrido monetario en forma de quetzalespesetas por un exiguo sorbo de ron; instituciones centenarias como Chusi, que todas las tardes saborea con delectación británica una taza de agua hirviendo que despierta sonrisas y lágrimas (laralarala), a medio camino entre la compasión y la carcajada.
Pero, son tantos los nombres y los rostros, los locos y los cuerdos de este pequeño laboratorio de esquizofrenia que sería inútil hablaros (escribiros, ¡diántre!) del diamante en bruto con lentes y teorías mentalmente mundiales, o mundialmente mentales (ya no recuerdo, no sé si tú Alfonso... Supongo que tampoco:
- Tampoco, y eso que le he vuelto a ver.
- ¿A quién?
- Al experto en anatomía y fisiología del aparato reproductor.
- Pero, ese era otro colgao, ¿no? El del Parque Central...
- Sí.
- Eso sí que era [I]un puto desvergue, mano, como diría Duncan Talomé.
- Otro que tal baila, el Talomé...
- Y tant... Pero el del Parque Central, menudos consejos largaba el tipo...
- Consejos sobre cómo reconocer a un homosexual disfrazado de mujer: las rótulas cuadradas, la clavícula prominente, nuez delatora, muslos equinos, ingle voluminosa y abultada...
- Ostía, qué recuerdos... Yo soñé el otro día con el ahorcado que yacía colgado con su traje de portero bajo el travesaño de su portería, allá en Petén, de camino a Belice.
- Gol en propia puerta.
- ¡Qué cabrón! ...
- Y, ¿tú recuerdas Caye Caulker y su único tiburón?
- Nadie vio tal tiburón, demasiada imaginación, Fon ...
- Era grande, enorme, casi tres metros, la aleta como en la película de Spielberg, nadaba despacio, sigiloso aguardando un golpe de mar que nos enviase a sus afi ...
- Pide otro trago, anda
- ... lados dientes, unas fauces temibles ...
- ... Botrán añejo, tiburón
- sus movimientos eran extremadamente calculados, los beliceños de la lancha se asustaron y obligaron al piloto a acele ...
- la copa, coño
- ... rar ... [/I]
....diamante que no pudimos terminar de pulir una noche guatemalteca, o del moteado duendecillo del Petén que ahorita salta entre estas letras y termina escapando (¡ahí, le ves!) por un desagüe de diámetro telúrico, o del camarero del “Cien puertas” (o de su vecino) que se alza como impávido e imponente, blondo cabello de bucles angelicales, defensor del Santo Grial de Añejo Botrán contenido, mientras entona sagrados cantos (repetidos por los siglos de los siglos) acompañado al piano por un sonriente Michael Jackson con sombrero incluido, todo por 10 quetzales; o, en resumen, de los mil y un personajes que pueblan el más realista surrealismo de este orilla del océano.
Pero también os escribo (escribimos) sobre cosas (maravillosas) como encontrar hombres armados (en el sentido más literal de la palabra) escoltando camionetas de doonuts, vigilando librerías (¿el peligro de la cultura?) o tiendas de cosas que ni comprendo; de viajes en lanchas que hacen agua (¡nos hundimos!) y quedan sedientas a medio camino (¿a empujar?) mientras la pléyade de turistas extranjeros se (nos) divide (imos) entre una histeria creciente de tintes premenstruales y un estoicismo que otorga cierto exotismo al ahogamiento colectivo en un manglar centroamericano; de trayectos en camionetas (dele-dele) que pinchan sus ruedas, destrozan su llanta y continúan sibilantes su camino al son de: Señores-siéntense-todos-a-la-izquierda-para-no-apoyarnos-sobre-la-llanta-pinchada.
Cosas como camiones ideados para transportar mamuts, repletos de polis con cara de pelícanos en celo. Predicadores en trance que salvan al más vil (normalmente de la estirpe de Jair, que no David) de los hombres a cambio de unas farisaicas monedas, médicos rurales que tratan la impotencia, las jaquecas, el reuma, el catarro, la artritis, las contusiones mediante un preparado que aúna las cualidades medicinales de un pulpo inerte, un tiburón en estado de semiputrefacción, y quince limones exprimidos con gestos de grandilocuente afectación; una mujer que ve con los ojos del alma (pues los otros están vendados) mostrando sus capacidades telequinésicas y telepáticas a la par que su hija exhibe una serpiente meditabunda y circunspecta cuya función en el show aún nos es desconocida; jóvenes que se encuentran con una precisión que echarían de menos los europeos más dados a la lascivia en los domingos románticos del Parque Central entre maíces, tamales, aguacates, guineitos, granizados de a quetzal y la mirada de Alfonso Portillo, padre de la patria, asesino confeso, orador sin parangón y bigotillo charlotiano al aire, que todo lo ve y controla (¡Salve!).
Y la televisión... Un caleidoscopio monocromo, en el cual las opiniones del Gobierno y su sobria, recia y marcial Secretaría de Comunicación Social se enfrentan sin solución de continuidad con el rugir catódico del lema opositor “Urge corregir el rumbo” cuyas erres asustan a los niños desvelados. Esos mismos niños que la efigie feminofascista de Laura maltrata maliciosamente escarbando como una rata en sus rentables miedos y miserias cotidianas. Esas mismas miserias cotidianas que cada día (de ahí su nombre) desfilan ante nuestros ojos (cada vez menos abiertos, como decía) en los “Telenoticiarios”, auténticas ensaladas de frutas donde las noticias nacionales, se mezclan con el banano, para saltar a un reporte internacional que licuado con un poco de papaya nos devuelva a la actualidad del país a la que agregamos un poco de melón para pasar a noticias internacional que entremezclamos con una rodaja de sandía para hablar del deporte volver a noticias de Guatemala regresar a las noticias internacionales haciendo una parada en “quién sabe dónde” (versión chapina) y acabar cubriéndolo todo con un poco de yogourt de fresa materializado en farándula internacional.
Tanta fruta ha de venderla alguien, claro, por lo que pasamos a la publicidad (indispensable condimento para cualquier televisión, como el “miltomate” para todo “recado” ) por donde se pasea una (absurda) rubia de (absurdo) escándalo anunciando una radio (“La Picosa”) con la misma gracia que un sueco por soleares en Uzbekistán, un parque acuático como marco incomparable para un anuncio contra la diabetes donde aún no sabemos quien chapotea: los doctores, los enfermos o los miembros del equipo de rodaje; la afamada y exclusiva marca Pierre Cardin escupe a los espectadores con un spot que ataca a los derechos más elementales de la persona (proceso en marcha, Javi. Oído cocina, Fon) donde un adolescente desviado (es decir, con gorra) sufre una revelación mística ante unos pantalones pierrecardin de modo que escoltado y contagiado por la sonrisa bobalicona de su padre y su hermano mayor sale disparado de su habitación con cara de narcótico ansioso...
En fin, tantas historias, tantas experiencias, tanta gente, tantas cosas...
Tantas imágenes que nos hacían ver Guatemala con los ojos de aquellos ilustres Cronistas del Nuevo Mundo y mirarla ahorita, sin sorpresas, sin sobresaltos, como una caña más en la Plaza Mayor...
Alfonso Fernández y Javier Chinchón.
12. octubre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (3) · Miscelánea guatemalteca