Las noches son tibias y delicadas, aunque apenas se ven estrellas. Escribo sentado frente al lago Petén Itza, en la oscuridad clarividente de un foco a media luz. El calor comienza a hacerse soportable a eso de las seis o las siete. El sol parece morar sólo unos centenares de metros sobre nuestras cabezas y siempre brilla inconmensurable inundando de blanco todos los colores que así se hacen más tenues, más cálidos, casi líquidos.
Se escucha a lo lejos el zumbido de las motocicletas que conducen al amor y de las oraciones grandilocuentes y eléctricas de los predicadores evangelistas, en la otra orilla del lago.
Las luces del fondo, Santa Elena, parpadean o permanecen impasibles en su lugar, sin alterar un ápice su posición en la línea del horizonte. Se dirían que brillan como estrellas aburridas por la costumbre y la conciencia de la indiferencia que su contemplación causa en los lugareños. De vez en cuando, alguna parece o intenta destacar mediante sutiles variaciones de intensidad.
Nadie se percata y desisten, cerrando los ojos.
Es curioso pero todo lo que acabo de ver, fue visto hace mucho tiempo, tanto que podría decirse que es ya parte de una historia. Que su verdadero valor reside en estas palabras y no en aquellos objetos que las hicieron surgir.
La silla que reposa enfrente, azul, descolorida por la edad, permanece detenida, aguardando que yo me siente en ella o que me vaya para dejar de ser observada. Es una situación incómoda tanto para mí como para ella. Al final , no ha habido más remedio y la he tenido que plegar.
Estaba mirando lo mismo que yo.
Alfonso Fernandez
18. octubre 2001 @ 00:00 ·
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