Ya va para casi un año desde que esta sección dio a luz al último de sus textos. Desde entonces, sus hojas han permanecido en las infertiles tinieblas del olvido.
El día de hoy, quince de agosto del año dosmil dos de nuestro señor, damos por terminado este barbecho creativo retomando la que fue la intención inicial de esta Comunidad: Dibujar con palabras las pizpiretas peripecias de un madrileño en las Américas.
Primero fue Guatemala (y Centroamérica por extensión), ahora la Argentina la que trataré de retratar con mis torpes líneas.
Guatemala fue la primera y, por tantas cosas, siempre será la hija predilecta de esta Comunidad; devoción obliga a mantener “Miscelánea Guatemalteca” como cabecera de este foro que, eso sí, ya no se alimentará de maíz, tamales y atol de elote, sino de asado, chichulines y mate.
Sin más, os dejo ya con el primer texto de esta nueva aventura que es viajar:
Son las 2.26 de la mañana en algún punto del océano Atlántico. Bebo vino blanco de un vaso de plástico mientras, insertado en el asiento de un avión, escucho de la boca de los publicistas de “El Corte Inglés” la devastadora sentencia final a la lucha anarquista íbera: “Ven a España, un país para comprar”.
Volar en dirección contraria a esta nueva meca del consumismo me hace sonreír y, entre vencido y satisfecho, expando todo mi ser en los diez centímetros de vacío que me separan de mi vecino de enfrente.
Son las 2.29, en diez horas estaré en Buenos Aires.
Ciudad y Puerto Santa María de los Buenos Aires es una ciudad que mira al cielo. Enormes avenidas, descomunales vías, anchísimas calles jalonadas, aquí y allá, de monstruos de cemento que pugnan por tocar las nubes; gigantescas plazas, faraónicas intersecciones, y un río que es un mar donde los puentes apuntan al firmamento.
Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto Santa María de los Buenos Aires (que también así se llamó) es un gran espacio abierto en el que viven más de dos millones de almas
Buenos Aires (como quedó finalmente bautizada) es un conjunto de inmensas arterias en el que, en realidad, nada es lo que parece: La Casa Rosada, sólo es rosada en su fachada. El gran templo griego que reposa a su derecha, es una catedral. La última persona de la cola del autobús, es la primera. La estatua de Stalin frente a la Politécnica, es del primer egresado de la Facultad. Los vagones del moderno metro, son de madera. El semáforo de la segunda calle de un cruce, es para la primera. El chorizo, es longaniza. Y el gran símbolo de la ciudad (el obelisco), según su autor, no significa nada.
Tras caminar algunas horas, escoltado por imnumerables héroes libertadores en eterna lucha por herir el celaje con sus viejos sables, me tumbo un rato sobre el pasto de la Plaza de Francia. Viendo a un grupo de jóvenes porteños jugar a equilibristas me vienen a la cabeza aquellas palabras del lunáticamente lúcido Sánchez Dragó: siempre que leo en la prensa que en un país hay guerra, disturbios, graves altercados, violencia... hago la maleta y salgo hacia allí. Es la mejor forma de viajar y conocer realmente, sin turistas, borregos ni verdadero peligro, un país...
Si una persona hubiera vivido totalmente ajena a toda noticia sobre Argentina los últimos diez meses, sentiría Buenos Aires como un tranquilo híbrido entre la diagonal de Barcelona y la Viena imperial. Por ninguno de los cinco sentidos se percibe la menor anomalía.
Si nuestro imaginario no contuviera motines, manifestaciones, robos, brutalidad policial, protestas, disturbios, secuestros express y qué sé yo más, sería irracional no pasear por el barrio de San Telmo con la misma placidez que por las calles de Lavapies.
Si un europeo cualquiera se despertara, tras tremenda borrachera, en una calle cualquiera de Buenos Aires, le sería más que difícil saber si se encuentra en Madrid, París o Londres.
Y es este último punto el que, dicen los entendidos, dota de su encanto a la ciudad: su aire europeo. Debo reconocer que ese mismo “aire” a mí me decepcionó un poco... Pero, claro, yo esperaba una Managua, un San Salvador o una Guatemala... Y además, cierto es que, hasta el momento, no vi los barrios del “Gran Buenos Aires”...
Pero la crisis (o SU crisis) se nota, claro. Ahora un almuerzo opíparo para cuatro personas nos cuesta 12 euros, un litro de “Quilmes” (cerveza nacional) en una terraza un euro, y un paquete de Malboro setenta céntimos..., SETENTA CÉNTIMOS...
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Setenta minutos después, ya dejando la Plaza de Mayo a mis espaldas, yo, hijo prodigo de la España consumista como soy, miraba al infinito cielo pensando en todo esto. Mientras, en Madrid debía estar ya clareando.
15. agosto 2002 @ 00:00 ·
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