Este fin de semana estuve caminando por la luna. La mano de Dios (dijo ella) había esculpido la pared de las montañas convirtiéndolas en una suerte de escaparates gaudíanos. Siete días antes, el planeta tierra había detenido su eterno giro durante unos segundos. Las parejas que paseaban por las calles de Santiago, los vendedores de pochoclo, los niños que corrían persiguiendo a ese perro desdichado, aquel hombre que pintaba frente a la catedral, todo quedó suspendido un instante. Mirando a aquella muchacha acababa de descubrir que no tenía nariz. Reía entre nerviosa y excitada mientras yo guardaba su imagen en mi pecho y ya la tierra retomaba su inacabable vals.
Pero antes de aquello (y mucho antes de visitar la luna), atravesaba yo los Andes acompañado por contrabandistas y acunado por una noche de mucha juerga y poco sueño.
Desde sus 6.959 metros el Aconcagua me observaba blanco de tanto contener la risa mientras yo peleaba con cuatro párpados obstinados en unir a mis pestañas. Uno de los contrabandistas, sentado a mi izquierda, ejercía de guía y me explicaba la historia de cada piedra que mis ojos acertaban a divisar. A mi espalda, otro de ellos repartía güsiqui entre las balijas de todos sus vecinos ya en las cercanías de la frontera chilena. Guardé dos botellas en mi mochila y cerré los ojos. Nevaba.
Santiago de Chile no es otra cosa que una ciudad europea poblada de chilenos. Valparaíso es tan sólo un maravilloso arcoiris de cerritos, cine, calles y magia. Pasé un día en Santiago y sólo quedé fascinado por la venta callejera en Bellavista: la globarización presentaba su cara más atroz y en los miles de puestos, puestecitos, tiendas, tiendecitas, mantas y mantitas pude encontrar las mismas cosas que en las calles de mi Madrid. Pasé medio día en Valparaíso y en sus ascensores, dibujos, colores, casas y casitas pude encontrar, concentrado, todo el encanto de Centroamérica.
Era de noche cuando tomé el colectivo de regreso a Santiago en Viña del Mar. Llevaba varias postales en el bolsillo y un nuevo amor en el alma.
Ciertamente, fui luego amenzanado con tener que quedarme algún día más en Santiago por la prediluviana nevada que caía, blanca y poderosa, sobre los Ándes; pero mientras pensaba ya en regresar por Perú o Bolivia, el sol salió, los pajaritos cantaron, y yo pude subirme en mi colectivo de vuelta a San Juan.
San Juan es una ciudad. Pequeña, quizás modesta, pero una ciudad. Su mayor encanto reside en dos cosas: su gente y sus boliches (bares, vaya). En menos de una semana ya nunca me falta con quien conversar, con quien tomar una cerveza, con quien tomar muchas cervezas o con quien hacer mil y un planes. Los/as amigos/as son siempre el mejor regalo de todo viaje, decía un sabio; y yo, reconozco, siempre firmé la frase bajo su nombre.
Firmé también aquel la mejor forma de conocer un lugar y a su gente es salir por la noche. Y así, desde que vine, aún nunca he podido llegar a desayunar (“El desayuno se servirá de 7 a 10.30 en la cafetería” -a dos metros de mi cuarto-, dice el cartel.).
Pero en justicia también debería escribir que San Juan tiene el mérito de haberme regalado mi primer beso argentino, y eso, se quiera o no se quiera, obliga a incluirlo en mi confuso imaginario personal; pero no lo escribiré, un caballero nunca debe contar sus conquistas
Debería también hablaros de las maravillas del Valle de la luna, de la sobrecogedora visita a Talampaya, de la vivencia de ir a vacunar a villa Candelaria, de la belleza natural del Dique, de la singular historia de la dulce Aurora empalme, de mi aparición estelar en el “Diario de Cuyo”, de la llegada de mi viejo escudero de los madriles a las Américas..., pero cuando se firma algo quedamos sometidos a un régimen de obligaciones que deben ser cumplidas. Mi firma me obliga, mis (nuevos/as) amigos/as deben estar a punto de llegar, y una nueva noche se presenta, vírgen, ante mis ojos. Comprendréis, entonces, que deba postponer mi relato hasta que cumpla mis obligaciones con para la virginal oscuridad.
Así que tan sólo deciros, para acabar, y citando al bueno de Fede, que todo bieeen...
28. agosto 2002 @ 00:00 ·
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