Valle de las nubes, la Puna, Argentina. A 4020 metros de altura, mascando hoja de coca, con la garganta envuelta por un pañuelo hondureño, embozado en una chaqueta alemana, protegido por una camiseta comprada en Portugal, cubierto por unos pantalones madrileños, prendidos por un cinturón guatemalteco, y todo coronado por un gorro andino, fumo un malboro mientras escucho como un viejo amigo tararea una canción de “Estopa”.
Sopla el viento, un viento poderoso, helado; un viento que se materializa en mi oídos en forma de pregunta llena de aristas:
-¿Qué es esta vaina de la Globalización?- alcanzo a entender.
...
Pasaron los minutos y no pude responder al interrogante. A esa altura la mente está confusa, el frío entumece las neuronas, y el corazón late a una velocidad tal que hace imposible toda reflexión.
Pero hubo otra pregunta que revivió en estos días. Una duda que me acosa no ya cuando como una milanesa de llama o babeo absorto ante la belleza de Purmamarca, sino desde hace mucho (y por mucho tiempo, temo). Podría plantearse así: ¿En qué momento un/a conocido/a pasa a transformarse en un/a amigo/a?
La cuestión puede parecer trivial, pero os aseguo que no lo es.
Pongamos un ejemplo: Llegas a un país absolutamente desconocido para ti. Desde que pisas el areopuerto (v.g.) comienzas a conocer gente (a la que denominaremos conocidos/as) con la que empiezas a compartir tiempo y experiencias.
Al principio a algunos/as los tratas de usted, te dirijes a otros/as a través del licenciado/a o el doctor/a, para referirte a otros/as antepones siempre el señor/a o el don/doña, y a los más los llamas por su nombre de pila.
Sin embargo, ocurre que en un determinado momento al que le decías “Nicolas” comienzas a llamarle “Nico”, “Jorge” pasa a ser “Picachu”, “doña Natacha” se transforma en “Natacha”, “Silvia” en “Silvi”, “Patricia” en “Pato”, “Federico” en “todo bien”, “Julio”en “Yulai”, “Óscar” en “Osc”, “Aurora” en “Aurora empalme”...
Es a partir de ese instante cuando a los/as que antes caracterizábamos como conocidos/as, podríamos pasar ya a denominarlos amigos/as.
Pero la cuestión es saber cuándo a “Unai” puedes llamarle “Vaquero”, porque en ese momento podrás ya decirle todo lo que te venga en gana, contarle las intimidades que quieras, y recitarle mil y una barbaridades.
Pero, cuidado, porque si antes de llegar a ese punto le dices a un/a conocido/a que, p.ej., eres miembro del partido nazi, lo más posible es que te tome por loco o que pierdas una futura amistad (o que te tome por loco y pierdas una futura amistad). Ahora bien, si eso mismo se lo comentas una vez a alcanzado el estatus de amigo/a, ambos reiréis y se fortalecera la naciente amistad.
La cuestión es: ¿Cuándo puedes contarle a alguien a quien amas, a quien odias, que sientes, que adoras o en que te cagas? Si tardas demasiado, te pueden tomar por tímido, o por aburrido, o por timorato, o tus futuros/as amigos/as pueden ser abducidos/as por otro/a que intente la transformación del conocido/a a amigo/a. Si te adelantas demasiado, te pueden tomar por estúpido, o por pesado, o por sinvergüenza, o tus futuros/as amigos/as pueden huir espantandos/as a la busqueda de alguien más normal.
En definitiva, ¿cuándo puedes decirla a alguien: “Cabrón, no me jodas”, o “vamos, tonta, que te va a gustar”, o “me acostaría con todas y cada una de las chicas de este boliche”, o “lo realmente bueno de la vida son el vino y las mujeres”?
La verdad es que todo esto no es más que una cuestión teórica, pues, como sabéis, en la vida real este devenir del conocido/a al amigo/a ocurre de forma casi inapreciable, silenciosa, autónoma. Sin embargo, siempre me he preguntado: ¿en qué momento, qué ocurió, para que mi mente de manera autonomática reconociese a alguien como amigo/a (ya) y actuase con el/ella de tal forma?
En todo caso, dicen los que saben de esto que la vida no es más que el ir respondiendo a interrogantes (que nos llevan a otras preguntas, y así ab infinitum), y, como mi vida no sé a donde va, son muchos más que estos dos los interrogantes que tengo pendientes. A modo de ejemplo:
¿Por qué los gendarmes argentinos del norte del país separan en dos colas (en función del sexo) a los/as pasajeros/as cuyos equipajes quieren controlar si es el mismo agente el que los revisa? Y, ¿por qué después de pasar el control nadie guarda su butaca anterior en el colectivo? Y, aún más, ¿por qué diablos no aprendo yo y siempre al volver al colectivo (tras un nuevo control) pierdo mi asiento y me tengo que pasar la siguiente media hora de pie cargado con todos mis bultos?
¿Es mejor dedicar la vida a la lectura y al aprendizaje escrito o decidirse a vagar de un lugar a otro y leer en las caras de sus gentes y aprender de sus palabras?
Si en la Argentina hay tres vacas por cada habitante, ¿por qué nunca hay carne en las comidas que me traen a mi apartameto?
¿Existe alguna explicación médica o racional para el hecho de sentirme irresistiblemente atraído por las mujeres mestizas, indígenas o mulatas? Y, ¿hay algún tipo de justificación similar para el hecho de que los/as habitantes (ni mestizos/as, ni indígenas, ni mulatos/as) de países o zonas donde abundan las personas objeto de mi deseo irrefrenable sientan justamente todo lo contrario a atracción hacia ellos/as?
¿Cómo es posible que el centro de Jujuy sea exactamente igual que la quinta avenida de la Ciudad de Guatemala?
¿Es el “orden” o es la “Justicia” el valor que debe articular la estructura de la Comunidad Internacional?
¿Por qué carajo las mujeres argentinas tienen esos culos tan extraordinariamente escasos en las Españas? ¿No era Brasil el que gozaba de esa fama?
¿Debería volver a visitar a mis seres queridos en Guatemala o seguir aquella máxima de que “al lugar en el que has sido feliz no deberías tratar de volver”?
¿Alguien sería capaz de darme una sola explicación clara, inequívoca, y causalista de por qué la economía argentina se ha colapsado definitivamente?
Al enamorarnos, ¿lo hacemos de la misma idea del amor o de aquella otra persona que creemos diseñada para llenar todos nuestros anhelos y carencias?
¿Qué conclusiones se pueden sacar del hecho de que yo tenga –prácticamente- más libros sobre Derecho en mi casa de los que atesora la biblioteca de la Universidad Católica de Cuyo?
¿Por qué los/as latinoamericanos/as son –generalizando- mucho más amables, atentos/as, cariñosos/as, y dispuestos/as que el/la europeo/a medio/a?
¿Es posible entender que sea algo anormal que mujeres y hombres salgan en pandilla los fines de semana en San Juan?
¿Qué explicación puede haber para el hecho de que, con curiosa obstinación, me asalte el recuerdo de chicas que conocí (en mayor o menor profundidad) por unos días y que, sin embargo, apenas recuerde a mujeres con las que he compartido meses o años?
¿Qué razones están detrás del hecho de que mientras muchos de los países de Iberoamérica (herederos de nuestra tradición jurídico/política) han optado por formas federales de organización estatal nosotros, en las Españas, temblemos (como poco) cuando alguien propone transformar nuestro Estado descentralizado-federeal-asimétrico en una verdadera federeción?
¿Por qué es odiosamente cierto que siempre deseamos lo que no tenemos, y que nuestra memoria siempre recuerda lo pasado, lo dejado atrás, como algo mucho mejor de lo que fue (o es)?
¿Es razonable que lo que un/a argentino/a realmente desee sea irse a vivir a las Españas y que, al mismo tiempo, un/a españolito/a sueñe cada día con venir a vivir a la Argentina?
¿Por qué seguimos siendo tan victorianamente melindrosos con el sexo sino deja de ser un comportamiento que, en definitiva, se resume en sensaciones de placer para las dos personas (como mínimo) que participan en este canto contra la muerte? ¿Por qué tanta tontería, tanto chanbulleo, tanta necesidad de mentir y de inventar cosas para pasar la noche con una mujer si tanto ella o como tú vais a disfrutar de la experiencia? ¿Cuándo entenderemos que el sexo es tan sólo una experiencia lúdica más y nos decidiremos a enfrentarlo sin prejuicios, dobles morales o estúpidas preocupaciones por el qué dirán?
¿Qué hay que beber o qué debo inyectarme para escribir como Sábato o Cortazar?
¿Cómo es posible que el resultado de la suma de dos catetos sea igual a una cosa llamada “hipotenusa”?
....
Toda estas preguntas escribía yo frente a un lomito y una cerveza en una confitería de Jujuy, confiando en poder responder a alguna de ellas en las veinte horas de colectivo que me esperaban hasta llegar de vuelta a San Juan.
Juro que tenía la firme convicción de intentarlo, siempre y cuando, eso sí, no se sentara a mi lado una descendiente quechua, aymara, guaraní o mapuche, porque, en ese caso, mi corazón se pondría a latir a la misma velocidad que lo había hecho tres días antes, y, entonces, sería imposible cualquier intento de reflexión.
15. septiembre 2002 @ 00:00 ·
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