Posiblemente nuestra mesa tenía ya una superpoblación insostenible de cervezas, pero, en una nueva entrega de lo que mi más mejor amigo gusta en llamar “psicología de barra y café con leche”, seguíamos discutiendo acerca de la relatividad de todas las cosas.
Es probable que casi todo en la vida sea relativo, pero lo cierto es que hay una verdad absoluta que es necesario que todos conozcamos.
Esta única certeza cartesiana se deriva de lo primero que os dirán (y repetirán hasta la saciedad), al pisar suelo argentino: “Siendo extranjero y con tu forma de hablar, las minas te van a estar acosando noche y día”.
En base a esta verdad primogénita se estructurará todo un sistema de valores y modos de actuación:
Así, una vez conocido este esperanzador axioma, no puede haber noche en la que salgas y no hables con un tono demasiado elevado (grites si es necesario) dejando claro tu acento castizo, usando grotescas palabras que remarquen tu ascendencia nacional, y gesticulando en imitación a un ave del paraíso por si el volumen de tu voz no es capaz de abarcar el radio necesario de bellas mujeres argentinas que seguro se desmayarán en tus brazos gracias a tu extraordinario acento íbero.
Te plantearás, incluso, hacerte un juego de camisetas (una para cada día de la semana) en las que se pueda leer: “Soy español”. Los más atrevidos podrían pensar en añadir algo como: “Acércate y escucha mi forma de hablar. No te arrepentirás”. E, incluso, sin llegar a esto, los más tímidos no tendrán otro remedio que conversar, cueste lo que cueste, si desean acceso al abundante vergel de rendidas damas argentinas.
A falta de con quien conversar, se deberá recurrir a recitar versos en voz alta, chocar con objetos y gritar: “¡Joder, qué golpe!”, pedir cigarrillos o fuego a toda mujer que aparezca en tu campo de visión (con independencia de que lleves un cigarro encendido en la mano), preguntar direcciones de lugares que posiblemente ni siquiera existan (pero que contengan la letra “Zeta” o “eLLe”), consultar la hora cada vez que tengas oportunidad (sin olvidar esconder tu reloj previamente), o pasearse de un lugar a otro hablando solo (o chillando, de ser posible) en imitación de los mejores lunáticos que deambulan por parques y plazas madrileñas.
Una modalidad más refinada de estos recursos puede ser el caminar por la calle tarareando (alto y claro) algún tema musical de indudable origen español (la zarzuela puede ser una elección idónea) con regularidad ajustada al contacto o proximidad de jovencitas argentinas.
Para aquellos intelectuales, científicos u hombres de letras que usen un lenguaje neutro, técnico, idéntico en cualquier lugar del planeta, esta cosmovisión de las relaciones español-argentina hará que se vean forzados a incluir en su repertorio las expresiones más chabacanas, barriobajeras, vulgares y ofensivas que caracterizan el modo de hablar de cualquier castellano que se precie. Se les aconsejará, por ello, que antes de viajar a la Argentina practiquen, en compañía o frente al espejo, tratando de incluir un “coño”, un “joder”, un “ostia” o un “copón” por cada tres palabras de una frase. De lo contrario, es muy posible que nunca consigan aprovecharse de las mágicas cualidades del lenguaje castellano.
Se han llegado conocer casos de españoles con problemas de tartamudez, pronunciación o simplemente mudos que acudían a bares y discotecas con ingenios sonoros en los que algún amigo, familiar o presentador de televisión, había grabado ciertas frases comunes en un castellano puro. Su forma de actuación se resumía en acercarse a una chica y jugar con el adelante y atrás para hacer las preguntas más al uso en estos casos, y responder a los “¿cómo te llamás?”, “¿de dónde sos?”..., de igual modo. En el caso de preguntas cuya respuesta no figurase en lo grabado, la reacción solía ser el balbuceo o el gemido en imitación de los usos y costumbres del borracho más recalcitrante.
Debe hacerse notar que esta técnica está fuertemente influida por los medios económicos de los que disponga el sujeto en cuestión. Así, en algunos pubs se han llegado a observar grotescas formas humanoides que, en realidad, no eran más que un jovencito gallego con un gramófono del siglo XIX a la espalda, portentos de la medicina consistentes en un muchacho con una barriga sietemesina que no era otra cosa que un enorme fonógrafo heredado de sus bisabuelos, y hombres que se paseaban por la noche argentina empujando un carrito de la compra con una de aquellas minicadenas de los 70s bajo unas mantas.
Independistas vascos, gallegos o catalanes, anarquistas, apátridas, autoconsiderados “ciudadanos del mundo”, denostadores de las ideas de patria o nación, personas con doble nacionalidad, y militantes de la más extrema de las extremas izquierdas, no podrán sino definirse (ante todo el que se encuentren) como “auténticos españoles”, usar pins, insignias, pañuelos o ropa interior con la bandera nacional, alabar las grandezas de la Madre Patria, y hablar, noche y día, con el mejor de sus acentos castellanos (nada se sabe de los poderes del euskera, gallego, vasco o bable, para la líbido de la mujer argentina).
Sea lo que sea, todo estará justificado por la necesidad de convocar los efectos del irresistible hechizo oral si realmente se desea recibir el dulce abrazo de una argentina.
Debe tenerse en cuenta que para que el sortilegio funcione se debe preservar un castellano impoluto, libre de cualquier intromisión de términos argentinos. Les podré un ejemplo: Si eres uno de aquellos inconscientes que tratan de incorporar vocábulos y/o entonaciones del país en el (momentáneamente) viven (léase Argentina en este caso) en su modo de hablar, puede ocurrirte algo parecido a lo que explica esta crónica que me hizo llegar un madrileño perdido en los pliegues de San Juan:
“Llevaba ya días sin ponerla, la mina era realmente linda y bailaba sola en el medio del boliche. Había escuchado todo eso que se dice de que las minitas le dan más bola a tipos de España que a un pancho argentino, así que me mandé a tratar de chamullarla. Le dije “hola, guapa” y por la expresión de su cara cuando me escuchó me di cuenta de que era una oportunidad para voltearméla. Charlamos y cuando ya imaginé que la tenía muerta por el verso que le hice, me preguntó que de dónde era.. Me dije: ya está el chivo en el lazo; ésta era la pregunta que necesitaba, le diría que era gallego y, prácticamente seguro, ella tendría que resistirse para no bajarse allá mismo la tanga.
- Soy español.
- Ah, sí... De verdad, ¿de dónde sos?
-... De España... JODER (tuve que añadir el “joder” para aumentar la credibilidad de mis palabras ante sus dudas).
- No me chamullés, boludo. ¿De qué parte de Argentina sos?
- OSTIA, que no te miento. ¡Soy de las Españas!
- Qué te creés, ¿que me voy a comer esa de que vos sos español escuchando tu forma de hablar? Vos seguro que sos de acá.
- JODER, ME CAGO EN LA PUTA MADRE (ya estaba totalmente desesperado), ¡soy de MADRID! ¡De España, COÑO!
- Bueno, sí te creo..., entonces andáte con una española, ¡pelotudo!”
Como era esperable, este amigo que me mandó su experiencia al final se fue a casa solo y durmió acompañado exclusivamente por sus dudas acerca de los poderes del acento castellano en la vida sexual del español en tierra argentina. Como ya hice de forma personal, es esencial recomendarle la necesidad de limpiar el modo de hablar desterrando todo término que no recuerde al jamón serrano, a don Rodrigo, el cocido madrileño y a las corridas de toros.
Es preciso señalar también que esta verdad incontestable acerca de las inconmensurables virtudes de una virginal entonación castiza se complementa con otros principios esenciales de la filosofía de las relaciones hombre-mujer. Así, de los reputados estudiosos del tema en México nos llega la siguiente máxima: “Para tener una verdadera vida sexual debes tener una casa propia”. Por su parte, un gran teórico de Algeciras añade el siguiente subprincipio a todo lo que hemos expuesto aquí: “Cuando estás en países más “pobres” que el tuyo, lo que prima es la reputación de tu país y el dólar, o mejor dicho, el hecho de que ellas sepan que tienes dólares”.
Si cruzamos todas estas revelaciones, tendremos el siguiente esquema que nos permitirá saber si estás en condición de tener una actividad sexual superior a la de Rocco Sigfredi:
A) Principio esencial: Hablar castellano en tierra argentina.
B) Principios complementarios:
1) Tener casa propia.
2) Ser de un país que goce de buena reputación en la nación que te acoge.
3) Poseer bastantes recursos económicos (entendidos comparativamente).
4) Que las mujeres del país que sea sepan que dispones de esos recursos.
Una estudiosa de Jachal aplicó estos criterios en su investigación teórica sobre los españoles. Tras un análisis detallado de uno de ellos, un tal “Javier” (que cumplía varios de ellos), llegó a la rotunda conclusión de que sería capaz de acostarse con, al menos, “tres minas cada noche”. Es decir, ampliando el marco: Cualquiera que cumpla estos requisitos, bienvenido a una vida sexual plena y extenuante.
Como es lógico, cuando se enuncia una verdad de tal entidad como ésta hay muchos subversivos que tratan de negarla, ya sea acudiendo a su experiencia personal o a complejas elocubraciones pseudocientíficas. Pero no os dejésis engañar, puedo aseguraros que para cualquier argentino éste es el principio estructural de las relaciones interpersonales.
El hecho de que en los dos meses que llevo aquí aún no haya podido desplegar las proclamadas virtudes y poderes del acento castellano, que, ni tan siquiera, haya podido disfrutar de la mayoría de sus seguros frutos, e, incluso, que, aún siendo heterosexual, haya recibido más besos de hombre que de mujeres, convencido estoy de que se debe tan sólo a mi incapacidad, inutilidad congénita, o a la fatalidad más funesta. En ningún caso esto prueba nada, el mundo de las ideas siempre está más allá de las anécdotas del devenir humano.
26. septiembre 2002 @ 00:00 ·
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