“En aquel estado en que los sentidos absorben todo reflejo de realidad con voraz apetito, me descubrí sentado en una pequeña bicicleta-taxi, con los restos de una botella de ron entre la piernas, un vaso medio aplastado de jugo de papaya en la mano izquierda, y el inmenso sol cubano naciendo entre las callejuelas de la Habana Vieja. Recorría la cuidad sin destino prefijado y hablaba con mi improvisado chofer sobre la naturaleza de la religión bajo el régimen de Fidel.
Era mi primera noche en la Habana.
(Escrito el 27 del 7 del 2003, mientras esperaba mi almuerzo).
El plan era regresar desde Santiago de Cuba a Varadero pasando por Cienfuegos, a las malas por Santa Clara, pero la realidad nos marcó como única meta posible Santi Spiritus, con llegada a las 6 de la mañana y única salida posible ese mismo día 14 horas después. Así que nos miramos, encogimos hombros, abrimos carteras, y tomamos el ómnibus.
Luego descubriríamos que esa cuidad, Santi Spiritus, es el lugar más bello de todos los que pudimos conocer en aquellos veinte días.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
No me preguntes qué día era; no, no, no me lo preguntes porque tanto ir de acá para allá acaba haciendo que el calendario sea una anécdota que sólo marca el día en que regresas. El caso es que estábamos en Trinidad, en una especie de discoteca repleta de cubanos girando sin cesar, y, entonces, en ese preciso momento de un día imposible de situar, Gustavo y yo llegamos a la conclusión de que cuanto más viajas más flexible eres, más tolerante, más abierto y, para bien o para mal, más difícil de sorprender.
(Escrito en la misma discoteca, entre el 3 y el 5 de agosto del 2003).
Hay una cosa especialmente curiosa que, hasta la fecha, sólo me ha ocurrido en Cuba. Normalmente el turista que viaja haciendo gala de este nombre, esto es, con dinero, en general, no busca para nada mezclarse con la gente, ni hablar con ellos, ni compartir su vida con la de ellos, ni aprender de sus historias. Viaja según su plan preconcebido y vuelve a su país repleto de souvenirs y fotos de palmeras o volcanes. Por su parte, los que acabaron por llamarse algo así como “mochileros” viajan justamente con la intención contraria a la del turista, y sin dinero. No dejan de ser turistas, pero, al menos, tratan de comportarse de forma distinta. Pues bien, en Cuba, para poder hablar con la gente, compartir con ellos, y aprender de su vida, vivencias e historia, o tienes dinero o mucha suerte. Es más que difícil encontrar, sobre todo en la Habana, a un cubano que al verte no te confunda con un dólar y, de una forma más o menos obvia, busque que le compres, des, regales, o invites a cualquier cosa.
De este modo, el sistema se pervierte en sus cimientos y sólo el turista podrá conocer al cubano.
(Escrito en el viaje de regreso de Pinar del Río, el 30 de julio).
Imaginemos una isla en la que pudieras consumir cualquier tipo de bebida, de cualquier color, tamaño, edad, sabor, fragancia o textura. Añadamos que todos los habitantes de esa isla sólo hablasen a todas horas y a cada momento de sus borracheras, que toda la música que se produjese en la misma aludiese, siempre, a la bebida de un modo más o menos directo. Incluyamos que todos esos mismos habitantes a cada instante te ofrecieran, ya de día que de noche, probar alguna de esas bebidas a cambio de un puñado de monedas.
Obligatoriamente acabarías por ir a un bar y pedir sólo agua.
Pues bien, sustitúyase la bebida por el sexo y tendremos un panorama bastante completo de Cuba.
(Escrito en un papel perdido en mi bolsa. Fecha sin determinar).
Aquél que viaje sólo a la Habana, como el que lo haga sólo a Varadero, acabará teniendo una imagen totalmente distorsionada de lo que es la isla. La Habana, o mejor dicho, la Habana Vieja –patrimonio de la humanidad- es una suerte de Beirut, Saravejo y Viena mezclado a partes iguales. Abundan los edificios maravillosos, los palacetes de ensueño, las casonas de la más rica arquitectura, las más bellas iglesias, y las construcciones más singulares acabadas, todas, con el martillazo del tiempo, la bomba de la humedad y la metralla del descuido. Podés ir caminando por una calle, mirando a cada lado de la misma, absorto en los edificios que la flanquean y, de pronto, despertar del ensueño metiendo la pataza en un socavón del tamaño de un obús en medio de la calzada, en cuyo interior nadan por igual aguas fecales y verduras semipodridas. Giras una esquina y la fachada de la casa colonial que te ha dejado boquiabierto muestra que se mantiene en pie sólo gracias a que se encuentra apuntalada por ambos costados. Conoces a alguien, ya de día o de noche, y vas a su casa, que tiene el aspecto externo de una vetusta casona colorista, y al subir las escaleras -todas las entradas a las viviendas comienzan por un tramo de escaleras- descubres que algún bombardero ha debido dejar caer su carga en el patio interior y en cada una de sus habitaciones.
Creo que de la quema sólo se salvan el Capitolio, la Embajada de España, el Museo de la Revolución, y las Casa Asturiana y Gallega, aunque que estas dos “casas” tengan, cada una, el mismo tamaño que el Banco de España o el edificio de Correos de Madrid tampoco les dota de ningún carácter de una normalidad imposible en esta sin par isla.
Sin embargo, sospecho, este estado de amenaza perpetua de derrumbamiento de la Habana Vieja es algo “buscado”, pues no encontré nada parecido en ninguna otra de las ciudades que tuve la suerte de conocer.
(Escrito en el trayecto Matanzas-Santa Clara, el 2 de agosto).
Van un francés, un norteamericano, un soviético, y un cubano a ver las cataratas del Niágara. Cuando llegan frente a la cascada, le preguntan al francés: Bien, ¿y qué siente ante la visión de semejante maravilla de la naturaleza? Responde: Siento la misma emoción que leyendo a Rimbaud, que escuchando una opera o degustando un manjar de nuestra cocina a la luz de las velas.
Se le pregunta lo mismo al norteamericano y responde: Yo lo que haría aquí es un Mcdonald a este lado y al otro un gran complejo hotelero.
El soviético: Con esta cantidad de agua yo construiría una gran presa hidroeléctrica para dar electricidad a toda la zona.
Finalmente, el cubano cuando le preguntan lo mismo, responde: Yo, mire, ante estas cataratas de lo que siento ganas es de templar. Ante el museo del Louvre, la Torre Eifel, la Estatua de la Libertad o las Pirámides de Egipto, yo siempre siento ganas de templarrrr.
-NOTA: A añadir a primera referencia sobre el sexo en Cuba. Considerar si es necesario indicar que “templar” es como “follar” para nosotros.-
(Chiste de la película cubana “Amor Vertical”, vista en la cuidad de Santi Spiritus el 7 de agosto).
Entramos en el Museo de la Revolución de la Habana a eso de las 16.00 horas. Sesenta minutos después, sin apenas haber visto una de sus tres plantas, fuimos desalojados por alrededor de una veintena de militares.
- Lo siento, señor, es la hora del cierre del Museo. Regrese mañana – comentó uno de los uniformados que me cerraban el paso a una sala que hablaba sobre el exilio de Fidel.
- ehhhh..., bien, bien, disculpe, adiós... -
(Escrito mi último día en la Habana, en la piscina del hotel, 1 de agosto).
Podría decirse que mis días en Cuba comenzaron nada más bajar del avión. Esperamos más de una hora a que llegaran nuestras maletas, y ya saliendo del aeropuerto un simpático cubano se hizo cargo de nuestros bultos comentando que trabajaba para la agencia que habíamos contratado para llevarnos hasta el hotel. Colocó nuestras cosas en el maletero del autobús y nos pidió una propina para el conductor. Aceptamos, claro.
Luego descubrimos que ni trabajaba para la agencia, ni el dinero era para el conductor, ni había dudado en hacer la misma jugada al resto de nuestros compañeros de autobús.
Fue mi primera lección sobre Cuba.
(Escrito hacia el 6 de agosto en un trozo de servilleta).
Una de las visiones que más me sobrecogió en Cuba fue una noche en Varadero, en una especie de cafetería de carretera que frecuentábamos a partir de las 3 de la mañana, y donde la cerveza corría salvaje y atroz camino al mar. Cierto es que, días antes, en Santiago de Cuba, habíamos visto a un par de holandesas de unos 50 años cogidas de la mano, y la lengua, de dos tremendos mulatos que no sobrepasaban mi edad. Por supuesto –y lamento este por supuesto-, vimos también cómo les pagaban todas las consumiciones que ellos pedían e, incluso, el taxi que llevaría a los cuatro a algún lugar ajeno, por suerte, a nuestra vista. Pero, la visión que quiero compartirte aunque similar es bastante más desagradable, al menos para mí.
Aquella noche que te decía arriba, un alemán, de unos 40 años, con una de aquellas pulseras de las de “todo incluido” en el hotel, negociaba con un jovencito cubano el precio de un “amigo” suyo, de no más de 15 años, que tenía agarrado de la mano. El objeto del mercadeo callaba, y el alemán, sin soltarle la mano, se negaba a pagar lo que el otro joven exigía por llevarse a su “amigo” al hotel. Regateaban, peleaban, el alemán parecía enfadado, negaba con la cabeza, soltaba su mano de la del chico, la volvía a coger. De manera rotunda, le oímos un NO ante los veinte dólares que reclamaba el amigo mayor de la presa.
Horas después, vimos al alemán con su chiquillo de la mano camino al hotel.
A la mañana siguiente, me encontré a ese mismo alemán sentando en la cafetería de mi hotel, leyendo la prensa de su patria, y tomándose algo parecido a una piña colada.
- NOTA: Incluir esto cuando hable sobre el sexo en Cuba.-
(Escrito el día de regreso a Madrid, en el aeropuerto José Martí de la Habana).
En en pequeño pueblito cerca de Viñales conocimos a un hombre de unos cincuenta años que nos explicó su historia. Había estudiado mucho y sabía muchas cosas, hasta ruso –que, por lo visto sólo aprobaron dos de su clase de doscientos-, sin embargo el alcohol había malogrado su vida y ya no recordaba mucho de lo que antes aprendió.
- Si no hubiera sido por tanto tomar- nos dijo- hubiera sido el más listo del mundo, el más listo. ¡Más inteligente que el propio Fidel! – subrayó casi en un grito.
(Escrito en el trayecto hasta Santiago de Cuba, el 5 de agosto).
Como empieza a ser costumbre, también en este viaje me tomaron por homosexual. No sólo me tomaron, sino que directamente me vocearon, como si de un insulto se tratase, “ ¡tú lo que eres es un “mariconsón”!”
Fue una chica a la que me negué, una u otra vez, tanto a invitarla a un trago como a acostarme con ella. Pareciera que en la aritmética de la noche habanera no cupieran más variables.
- NOTA: ¿Usar como encabezado al hablar del sexo en la isla? -
(Escrito en Santi Sprititus tras el desayuno, el 7 de agosto).
Ante la insistencia, indómita, de los cubanos para venderte cualquier cosa imaginable nos vimos obligados a utilizar distintas técnicas: del “no, gracias” cortés e inútil, pasamos a hacernos los locos, los mudos –y enseñar un papel que decía: “no tenemos dinero, ni trabajo ni perrito que nos ladre. Hemos perdido el boleto de regreso a nuestro país, denos un dólar o lo que pueda, gracias”-; después intentamos responderles en lenguas inventadas, e, incluso, en algunos casos nos quedamos parados ante ellos como mimos. Todo fue igualmente divertido e infructuoso. Así, en los últimos días cambiamos de estrategia y cuando se nos acercaba alguien a ofrecernos cualquier cosa, cambiábamos los papeles y nosotros le tratábamos de vender mercancías variadas: desde puros, a cocodrilos, o chicas españolas que teníamos raptadas en nuestro hotel. Entre la sorpresa y la incredulidad nos solían dejar en paz, aunque, reconozco, alguno se mostró especialmente tenaz y tuvimos que optar por fijar citas para el intercambio de nuestro bienes imaginarios con ellos.
Al final, el día antes de irnos, habíamos quedado con cuatro o cinco personas en lugares distintos a la misma hora.
Nunca sabremos si asistieron a la cita o no.
(Escrito en el viaje de regreso a la Habana, el 10 de agosto).
En la Habana no hay estrellas, y miro el negro de tus ojos y no sé qué cielo alumbra tu mirada.
(Fragmento encontrado en un paquete de tabaco de una noche habanero. Fecha sin determinar).
Una noche, en las cercanías de Matanzas, me senté en la mesa que ocupaba un hombre de unos setenta años. Denegó mi invitación, así que asumí que era momento propicio para una buena conversación. Me habló de Batista, del primer Fidel, de los cambios y la vuelta a todos los principios, del sistema, de los USA. Respondió a todas mis preguntas, y al final le descubrí como una persona totalmente desencantada. Lo achaqué a sus años y a toda la vida que había pasado por sus ojos.
Más tarde me di cuenta que Cuba es el país del desencanto, al menos en cuanto a lo que pude yo ver.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
Perdidas del viaje:
- 1 reloj.
- 1 cartera que me regaló María.
- 1 llave del candado de mi maleta (menos mal que Rafa se guardó la otra).
- 40 o 60 dólares.
- 1 tarjeta de debito.
- 1 tarjeta del seguro médico.
- 3 gomas de pelo.
- 1 carné de la Escuela Oppening.
- 2 bolígrafos.
- Cierta ingenuidad y buen concepto de mí mismo.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
Una noche, en la Casa de la Música, una chica me dijo que qué me costaba a mí darle cien dólares para pasar la noche con ella si en España éramos todos ricos. Yo le respondí que nada, pero que sólo tenía billetes de mil dólares.
(Escrito en mi habitación del Deuville, el 29 de julio).
La primera noche en la Habana podría resumir un poco lo que vivimos aquellas semanas: Salimos del hotel y un tipo se nos acercó para pedirnos la hora, desde ese breve intercambio, el tipo, Robel, no se nos separó en toda la noche y nos hizo de guía a cambio de una invitación a todo lo que consumimos. Mientras, en la calle, veíamos asombrados enormes hogueras en las que descasaban grandes pucheros de indeterminable contenido. Robel nos explicó que eran potajes que cada Comité para la Defensa de la Revolución organizaba en cada uno de sus barrios adscritos, pues era 26 de julio, fecha de la conmemoración del ataque al cuartel de la Moncada. Fidel, este año, no celebraría acto alguno en la Habana pues tenía castigada a la cuidad por los habaneros que habían tratado de alcanzar Florida desde ella, y tampoco se celebrarían los carnavales, pues Fidel temía que cuando toda la ciudad estuviera festejando en la calle, la Embajada de España y la Oficina de Intereses de los Estados Unidos abrieran sus puertas provocando un caos y una espantada que socavaría los pilares del propio régimen.
Robel nos fue guiando por los entresijos de la Habana Vieja, tomamos mojitos, nos ofreció chicas, y, finalmente, nos trató de llevar a un lugar, un paladar –únicos negocios ajenos al Estado-, en el que podríamos cenar por 12 dólares. Sentados en él, regateamos hasta que la cosa quedó en 8 dólares, y llegados a este punto le dijimos a Robel que era demasiado para nosotros y que nos íbamos. Robel no desesperó y nos acompañó en nuestra huida. Tras una breve discusión –y el ofrecimiento de toda chica que se nos cruzaba por el camino-, nos llevó a un lugar en el que cenamos por menos de 2 dólares. Allí asentados, cenados, y tomando cerveza va, cerveza viene, una chica se nos acercó y nos ofreció su compañía y alegría. Robel, inmediatamente, intentó “vendérnosla”, y la chica, ofendida, hizo amago de irse, si bien acabó por quedarse para discutir, agriamente, con un Robel que argumentaba que él “nos tenía en su puño”, esto es, que hacíamos lo que el decía... Lo que Robel no sabía es que para aquel entonces nosotros ya habíamos superado los miedos y vergüenzas, a base de cervezas, y que el cazador sería cazado, pues a pesar de que nos invitó a puros y nos advirtió de los males de esa “negra sidosa que no era nuestra amiga como él”, nos fuimos con la negra y con su sida a una fiesta, de las del puchero y la hoguera en medio de la calle, a tomar ron y bailar bajo la lluvia habanera.
Robel nos siguió, herido pero no vencido, y renegando una y otra vez contra la negra que nos había sacado de su “puño”. Sin embargo, pronto vio que no había mucho que hacer con nosotros y empezó a pedirnos dinero pues, se quejaba, tenía que llevar a su mamá a las USA para que la operasen de no sé enfermedad gravísima. Conocedores de las limitaciones del tío Fidel en cuanto al movimiento de sus súbitos, ventilamos a Robel con un puro de los que nos había regalado, una palmada en la espalda, y un brindis de vasos de plástico, y continuamos tomando ron y bailando en la improvisada fiesta.
Con el paso de la noche, la “ofendida negra sidosa” nos ofreció compartir cama con ella y al negarnos -a eso y a darle dinero para no sé qué- nos dejó en manos de otra gente que, de nuevo, nos llevaron a otro lugar en que, de nuevo, otras chicas volvieron a invitarnos a conocer los placeres del lecho compartido con una cubana, y al negarnos, de nuevo, nos abandonaron -todas salvo una gordita que parecía muy divertida ante mi pregunta de cuánto me iba a pagar ELLA por acostarse conmigo- y acabamos en otro lugar tomando más cerveza y escuchando el desvarío de los cubanos.
Rafa tocó retirada, y Gustavo y yo regresamos con nuestros nuevos guías al hotel a por más dólares. De allí, nos llevaron a otro lugar, más negativas a invitaciones eróticas, y la cosa acabó en la casa de uno de nuestros serpas en la que, al anunciar que podríamos quitarnos nosotros solos “las ganas de templar que no cumplimos” –o, al menos, no cumplieron ellos-, yo opté por abandonar el barco a la carrera y perderme por las calles de regreso al hotel. Antes, claro, uno de ellos me asaltó en la escalera de salida con la petición de unos dólares para cuadernos para la escuela. Lo extraño es que, el amigo, tenía así como 30 años...
(Escrito en Santiago de Cuba, el 6 de agosto).
No fue hasta muchos días, o noches, después que no me di cuenta de lo inútil, estúpido y hasta pueril que era hablarles a tantas chicas de tantos bares y no menos copas de ron, de ti. Igual de ineficaz se demostró con respecto a personas de género masculino.
(Escrito en el viaje de regreso a Varadero, el 8 de agosto).
Este viaje, tanto en lo externo como en lo interno, ha sido tan agotador que el último día debí tomarme vacaciones de mis vacaciones. Me la pasé entre la piscina, la playa, un masaje que me dio un antiguo masajista del equipo olímpico cubano, y un par de langostas –una para almorzar y otra para cenar-. El receso duró lo que duró el día. Al ponerse el sol, ingresé en un local en el que por cinco dólares tenías barra libre. Ahí acabó todo descanso posible.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
Lo cierto es que yo ya empezaba a estar un poco trompa, y cuando se me acercó aquel hombre no le presté mucha atención. Comenzó a hablarme en italiano, y yo me limité a mirarle, ignorarle, y, ante su insistencia, seguirle la tontería improvisando un italiano mal aprendido en mis días sicilianos. Pronto me aburrí del juego y ante sus dificultades para transmitirme sus ideas en un italiano tan pésimo como el mío, le respondí que era español. Que, ¿qué me dijo? Imagina: que en ese lugar me podía conseguir chicas par singar por el culo, por el bollo, por la boca o lo que yo quisiera -a mí, la verdad, no se me ocurren más orificios para practicar sexo, pero callé ante el mayor dominio en la materia, sin duda, de este hombre-; que él se había templado a más de MIL “putas” (sic), su amigo a casi UN MILLÓN -éste su amigo era un austriaco que se había quedado a vivir allá y llevaba siete años de arduo trabajo (pa llegar a esa cifra, imagino)- y que aunque apenas ganaba diez dólares al mes, de vez en cuando se gastaba cinco en una chica -que es lo que cobraban a los cubanos-; acabó añadiendo que el amor sólo existía en los pueblos y que en Varadero hasta sonreír costaba dinero; para rematar dijo que él se cagaba en el comunismo y que al año siguiente se iba a marchar a Miami, a través de no sé qué amigo, y que un año ganaría 60 mil dólares en la construcción y se compraría un edificio.
Lo más curioso de todo es que ninguno de los dos estábamos borrachos.
(Escrito en el viaje a Trinidad, 2 o 3 de agosto).
Una de las noches en que más pudimos aprender sobre la vida, expectativas y realidad de los cubanos empezó en un restaurante que me recomendó una amiga de Guatemala. Lo cierto es que la jornada no comenzó del todo bien, pues para llegar hasta él debimos pelear con varios cubanos que nos aseguraban que estaba cerrado, y por ello se ofrecían a llevarnos a otro lugar “mejor”, y ya nada más llegar una cubana negra y ebria se nos pegó y no nos dio un respiro en toda la cena hablando de “lo bueno que el sexo con las cubanas” y “lo que nos perdíamos al no haberlo probado” -eso sí, sus explicaciones sobre “la corrida de la leche loca” quedarán siempre en nuestra antología personal...- Pero el caso es que después de varios peripecias y aventuras de todo cariz, nos juntamos a otro grupo de cubanos que nos declararon que no querían “nuestro dinero, sino información del resto del mundo”. Agradecidos por la confesión, e imbuidos del espíritu cubano, aceptamos su oferta a cambio de información sobre la propia isla.
Creo que aquella noche todos aprendimos mucho -hasta me conseguí un ejemplar del “Gramma” (deliciosa lectura)-; lo malo fue que sentados en el malecón y con botellas de ron a 3 dólares, el intercambio de conocimientos acabó derivando en un farfullo entre la melancolía y el abrazo fraternal.
Afortunadamente, no estaba demasiado bebido cuando uno que pasaba me ofreció a dos jovencitas -que no pasaban, por más que me jurase que tenían 17 años, de los 14- por cincuenta dólares. Una de las chiquillas me miraba y sacaba la lengua, yo empecé a reír, denegué la invitación, e identifique ése como el momento en que decidiría abandonar la tertulia, irme al hotel y llamar a mi novia. Comenzaba a amanecer.
(Escrito en las playas de Varadero, el 9 de agosto).
Abrí los ojos, estaba en un hospital. Los cerré. Al abrirlos de nuevo, él pasaba dormido y sonriente en una camilla que empujaba un enfermero resignado. Volví a cerrarlos.
(Escrito en el viaje de regreso a la Habana, el 10 de agosto).
Cerca del Vedado, en la Habana, y todo a lo largo del malecón cada noche se reunían cientos de personas que nunca supimos que pinga hacían allí. Esto fue así hasta que una noche nos dieron la explicación que buscábamos:
Era la zona del malecón donde todos los turistas homosexuales y los cubanos homosexuales se juntaban para conocerse a fondo. Incluso, nos contaban, los turistas podían, por internet, alquilar los servicios de alguien de su mismo sexo por diez dólares y luego ir a buscarlo allí. Después de todo eso, siguieron explicándonos, solían organizarse fiestas en grandes mansiones a las que acudían mil o dos mil personas y que por dos pesos (dólares) podías entrar y había ron, cerveza y todo lo que quisieras...
Tras escuchar esto, Rafa me miró y me dijo:
- Joder, en todas partes del mundo los gays son los que mejor se lo montán.-
- Jeje, cierto, lástima no ser un mariconsonnnnnnnnnnnn- le respondí, para alborto y carcajada de nuestros guías cubanos.
Desde aquel día, bautizamos a ese tramo del malecón como el “maleconsón”.
(Escrito en el trayecto Matanzas-Santa Clara, el 2 de agosto).
Bien, escojamos siete cosas que me han maravillado de la isla:
1) El espectáculo del Tropicana de la Habana.
2) La visión patente y autentica del cariño y amistad de mi mejor amigo de siempre.
3) La brutal naturaleza de Pinar del Río.
4) La cuidad de Santi Spiritus.
5) El descubrimiento de un país del que, según mi encuesta, la mayoría de la población quiere escapar unido a la imposibilidad, casi total, de hacerlo.
6) El viaje a, y la vista desde, la gran roca de los alrededores de Santiago de Cuba.
7) El combate entre los atardeceres de Varadero y la Habana.
(Escrito en el aeropuerto José Martí de la Habana, antes de salir para España).
A pesar de que Rafa y yo lo discutimos muchas veces, si me preguntas si Cuba está tan mal como se piensa, se proclama o se anuncia, te diré que no. Hay carencia de todo pero no falta de nada.
(Escrito en la playa de Varadero el último día de mi estancia).”
14. agosto 2003 @ 00:00 ·
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