I. Me imagino que mi madre nunca se pudo imaginar que, veinticinco años después de que le diera la vida, su hijo estaría sobrevolando la cuidad de Panamá montado en un helicóptero azul; mas, en esas me encontraba yo un 8 de septiembre tras haberme tirado:
1) 7 horas en autobús de San José a la frontera (escoltado por un grupo de adolescentes hormonales capitaneados por una monja ataviada con cazadora de calaveras –Sor Satánica, para los amigos-).
2) 1 hora en una soda chino-tica-taiwanesa, sita en un lugar en medio de la nada, haciendo tiempo hasta que dieran las 6 am. para que se abriera el paso fronterizo (antes no se puede cruzar la frontera... Aunque parezca increíble, así es).
3) 3 horas, primero razonando, luego discutiendo y finalmente cagándome en, sobre y tras los funcionarios de inmigración panameños. El hecho de que no hubiera forma humana de evitar tener que cumplir sus irracionales exigencias, no es la sola razón que me lleva a afirmar que de todas las fronteras centroamericanas, la de Costa Rica-Panamá (paso de Canoas) gana con sobras el premio al peor trato y organización, con mención de oro (la de plata se la queda la frontera Honduras-Nicaragua (2001)).
4) 7 horas en autobús hasta la cuidad de Panamá. Un agitado trayecto en que nuestros adolescentes compañeros descubrieron un periódico olvidado, el cual, sorpréndanse como yo la primera vez que vi un ejemplar de ese diario, incluye en la última página fotos de una bella señorita en paños menores que se declara irremediablemente “adicta al sexo”. (Sor Satánica, por dicha, no se percató de este hallazgo pues atendía a una de las niñas aquejada de un profundo mareo, ofreciéndole, como consuelo ante su estado, la siguiente recomendación: “O vomitas o te mueres”. La chiquilla, claro, echó hasta el hígado después de eso).
5) 3 horas en un taxi que “alquilamos” -por 12 dólares- que nos llevó desde el Mirador del Puente de las Américas a la isla de Amador pasando y parando en todo lugar que se nos antojara –y que se nos antojó-. Curioso fue que ante la petición de que nos llevara a un lugar, económico, de comida panameña para cenar, nos propusiera acercarnos a un puticlub con un cómodo reservado. Entendimos que la diversidad lingüística debió hacer que el “cenar” que él escuchó no fuera el mismo “cenar” que nosotros expresamos, pues ante nuestras risas, él continuaba hablando de cenar “langosta con pelos”... ... ...
6) 1 hora, ahora sí, cenando –en una buena repetición del tenedor libre de Buenos Aires que compartí con Rober- en el Restaurante la Cascada I, que tenía un menú de unas 20 páginas, bombillas rojas sobre las mesas para llamar a la mesera, y platos de tamaño pleistocenito.
7) 2 horas caminando por la vía España -y aledaños- y resguardándonos de la lluvia torrencial en el Casino de Panamá (DOS dólares incluidos en la ruleta). El desconsuelo para el viajero es que en todo este trayecto no encontramos ni un mísero bar abierto en el que tomar una cerveza –o dos-.
8) 5 horas durmiendo en el recomendable hotel Latino.
9) 10 minutos desayunado un café liliputiense y media docena de plátanos, como antesala de las 8 horas que pasamos caminando por todo Panamá (del casco viejo a Paitilla y vuelta a empezar).
10) 2 horas viendo el impresionante funcionamiento de la esclusa de Miraflores -y 10 minutos comiendo a la carrera una pizza mitad grasa, mitad sebo-.
Creo que de todas las capitales de, en sentido amplio, Centroamérica, Panamá es la más hermosa. Posiblemente su casco histórico no puede competir, en nada, con el Gótico de Barcelona; sus rascacielos nada serán si los enfrentamos con los neoyorquinos; sus ruinas históricas nada son si las confrontamos con las de Cartagena de Indias; y su malecón es una broma visto frente al de la Habana. Pero, la ciudad, en su conjunto, es de las pocas, muy pocas, que merecen ser visitadas en esta parte del Continente Americano. ¡Linda Panamá!
II. Me imagino que mi madre tampoco nunca pudo imaginar que su hijo, veinticinco años después de su nacimiento, estaría silenciosamente sentando en la penumbra de un salón de cañas atendiendo a un Congreso de la comunidad kuna de Aliagandi; mas, ahí mismo me encontraba yo un 9 de septiembre.
El líder de la Comunidad, Shaila en lengua kuna, Sardá en lengua de Gustavo y mía, representa, en su esencia, todas las complejidades de una etnia que, gracias a diversas luchas, aún hoy se rige por sus propios usos y costumbres, sin intromisión –al menos excesiva- de las autoridades panameñas.
A primera vista, el observador sólo verá a un entrañable ancianito tumbado en una hamaca en el centro de la estancia de reuniones, ataviado con una especie de sombrero de semivaquero, fumando cigarrillo tras cigarrillo, y sosteniendo un desproporcionado bastón con el lema: “Rey de los Judíos”; pero, tras esa imagen, detrás de la figura de ese frágil octogenario que, martes y jueves, preside actos en los que interpreta ininteligibles canciones que, posteriormente, descifran sus discípulos, se esconde una suerte de ungido por la religión, la moral y la política de la Comunidad que, pese a cierta apariencia de democracia directa, dirige los destinos de todo su pueblo con férrea mano.
La sociedad kuna –organizada a lo largo de más de 350 islotes- vive el complejo equilibrio de una cultura ancestral en permanente peligro por la “invasión del interior”. Este hecho nos debería situar en un idílico mundo en el que tendríamos que posicionarnos en la más abigarrada defensa de los valores y tradiciones indígenas frente al colonialismo cultural de otras sociedades –las nuestras-, mas, cuando uno escucha algunos de esos valores y tradiciones, reconozco, se le ponen –se me pusieron- los pelillos de punta: Pensemos en cosas como los matrimonios concertados –a edades como los 12 años-, ritos realizados en la primera menstruación de las niñas que, seguramente, serían considerados como tratos inhumanos o degradantes por más de un jurista, desprecio total y completo a los homosexuales, o, lo que sin duda sí constituye tortura, la prohibición de acostarse con la esposa los cuatro primeros días después de celebrarse el matrimonio.
En esta línea, destáquense cosas como que sólo las mujeres kunas están obligadas a vestirse con sus ropas tradicionales, con las que, además sólo ellas, deben realizar la limpieza de las zonas comunes de la Comunidad rotatoriamente.
Digo zonas comunes y digo bien, porque, aunque intuitivamente yo pensé lo contrario, la propiedad privada está más que bien asentada en las distintas islas y, si no es mediante la compra o el arrendamiento, el único modo de poder conseguir una vivienda es rellenando los terrenos que rodean la isla –generalmente con piedras, basuras, y sin ningún planeamiento o supervisión- y construyendo sobre el terrero ganado al mar.
El mar, precisamente, es considerado como la abuela de la Comunidad, lo que es una imagen muy linda si no es porque Gustavo y yo tuvimos que contener la risa cuando esto mismo nos explicó uno de los más aventajados discípulos de Sardá mientras observábamos como todos los váteres están, directamente, suspendidos sobre el mismo mar, que, además, sirve de basurero público para toda la Comunidad.
Lo cierto es que el mismo discurso religioso de este discípulo, más que posible siguiente Sardá, escandalizaría a más de uno. La religión kuna, que él nos explicó, pareciera compartir algunos mitos y valores del catolicismo más conservador y censurable junto a maravillosas leyendas e historias sobre la naturaleza y los orígenes kunas, y todo ello repleto de advertencias sobre el peligro de abandonar la cultura kuna en pos de otros valores o religiones perniciosas.
De todos modos, del otro lado las cosas tampoco pintan muy bien, porque la isla en la que nos encontrábamos se aproximaba peligrosamente a una Colombia desde donde, según nos contaron, llegaba cantidades de droga y alcohol (ambos prohibidos por Sardá) que estaban descoyuntando a muchos kunas que allí habitaban.
Creo que la mejor síntesis entre los dos extremos la presentaba nuestro anfitrión, padre de un conocido panameño, que, a pesar de su avanzada edad, se levantaba contra la rigidez de Sardá, mientras reconocía los peligros de perderse en una cultura ajena por completo al kuna. Con él pescamos, viajamos, cogimos cocos y vivimos dos intensos días.
Y para todo ello, volamos previamente en un avión casi propio del Barón Rojo, aterrizamos y despegamos de unas cuatro islitas en las que, casi seguro, el maestro Julio Q. no cabría tumbado, y navegamos, rodeados de delfines, en una canoa (cayuca) antediluviana.
III. Me imagino que, con seguridad, mi madre jamás imagino que, veinticinco años después de que le cogiera por vez primera entre sus brazos, su hijo estaría sumergido en el cristalino mar Caribe de cabo Zapatilla, entre arrecifes de coral, peces arco iris, delfines y mantas rayas; mas, en ese mismo lugar me encontraba yo un 13 de septiembre.
Para que no gastar tinta, el lugar es simplemente la isla donde se grabó el inefable programa aquel de “Supervivientes” (Survivors, en realidad): pa cagarse, vaya, que diría un castizo. Pa cagarse fue, igualmente, el camino recorrido para llegar hasta allá. Valga relatarlo para hacerse una idea de otros tantos viajes hechos por estas latitudes –y seguro que por hacer-:
Salimos de Panamá a eso de las 10.00; a las 17.00 llegamos a David; de ahí, a las 17.30 partimos para Almirante; a las 21.00 llegamos, pero al ser noche cerrada (!) no había lanchas para llegar a Bocas; tuvimos que desviarnos a Changinola a donde llegamos tipo 21.40; desde allá traté de localizar a mis compadres Carlos e Isabel en el hotel de una de las islas del archipiélago de Bocas (Carenerero) en el que debía verlos al día siguiente; no había forma de conseguir el número del hotel que ni siquiera aparecía en la guía de teléfonos que me prestó el recepcionista chino del motel -al que, por cierto, no entendía ni jota; tuve que llamar a España para que Mónica me buscase por internet el número; telefonee, el hotel estaba cerrado y no había nota alguna para mí; llamé a Costa Rica a ver si alguien sabía en que otro hotel podían estar; nadie me cogió el teléfono; me rendí; salimos a tomar algo por las discotecas –por denominarlas de algún modo- de Changuinola; acabamos de tomar algo a las 6 am.; a las 10 me levanté para ir de nuevo a Almirante; llegué a las 11.00 y tuve que tomar dos taxis y dos lanchas para llegar a Carenerero; antes, paré un momento en Isla Colón para ver mi correo electrónica por si me habían mandado un mail con el nuevo lugar para vernos; Yahoo no funcionaba desde el día anterior; me tiré 4 horas recorriéndo, mochila la hombro, Carenerero de arriba a abajo preguntando en todos los hoteles por mis colegas; nada de nada; me rendí; me fui a una fiesta que, sin motivo visible, había montada en la playa; paré un momento a buscar mi mechero; oí gritos; en una barca a lo lejos –como rememorando el encuentro con Leo en Donosti- pasaban mis amigos; me habían visto. A los minutos, tomábamos unas cervezas en una terraza pegada al mar. Al día siguiente, estaba con ellos en cabo Zapatilla.
IV. Me imagino que mi madre no sé si imaginó, pero seguro que deseó, que, su hijo, veinticinco años después de su primera bocanada de aire, estuviera medio encerrado en casa trabajando a destajo; más a mi pesar que a mi querer, en esas estuve yo desde un 15 de septiembre.
En una de esas remembranzas sobre las que conversamos crónicas atrás, viajaba yo de Manzanillo a San José con una saturación en mi vejiga que crecía kilómetro a kilómetro. ¡Puta!, ya iba a estallar cuando pedí el auxilio y consejo de Carlitos. Su recomendación fue tajante. Al instante estaba solicitando una paradita en medio de la carretera al conductor y echando una meada horizontal al suelo.
En la vieja Europa, en un viaje Madrid-Lisboa, con la misma presión urinaria, el conductor me mandó al carajo y no explosioné sólo porque la vida parecía tenerme reservados otros destinos. Dice la leyenda -o sea Rafa y Gustavo- que hasta me daban vahídos del esfuerzo de contención que tuve que ejercer...
Estaba de vuelta en San José, y, llovía, claro. Cualquiera podría decir que la única más que posible causa de muerte en esta ciudad es cruzar una calle, pero, parece, la delincuencia incluso supera a esta realmente arriesgada actividad diaria. Siempre pensé que el problema en sí no es que acabes muerto en un atraco –pues si ha de pasar, pasará- sino la psicosis que te causa el que todo el mundo te ande con bienintencionados consejos y advertencias sobre lo peligroso que es todo a todas horas y en todo momento. Y es que, si uno anda permanentemente con mil ojos, tras tanto aviso yo andaba invariablemente como si fuese el Hombre Mosca.
Esto fue hasta recordar que el mismo error cometí cuando vivía en Guatemala, con lo que retorné a la anterior conclusión, que, el paso del tiempo, me ha obligado a reconsiderar a la luz de que en el mismo San José:
1) Antuan tuvo un amago de asalto, a 200 metros de la casa, del que salió indemne gracias a un bolígrafo que transformó en aparente navaja.
2) A Marta le robaron –hurtaron, en realidad- su pasaporte, tarjetas y dinero.
3) A Víctor y Carlos les asaltaron a punta de pistola a la salida del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (a donde, a fuerza de trabajar allí, tenía que ir cada día).
4) A un amigo de mi vecino, le asaltaron, dispararon y asesinaron para robarle un saxofón.
5) A un compañero del Instituto le robaron a golpes la mochila (tal es la situación que, en estos mismos momentos, se está construyendo un garita de seguridad a la entrada del propio Instituto).
6) A mis otros vecinos, Carol y Pablo, hace apenas tres días, les entraron en la casa y robaron el DVD, los pasaportes, un montón de CDs...
Reconozco que nunca había vivido semejante ola de crimen en mis allegados.
Reconsideraré la conclusión entonces, pero ahora lo anterior me permite comentar algo que, el que llegue acá, escuchará pronto: la culpa es de los inmigrantes. Y es que (generalizando como sólo yo, y los estúpidos, hacen):
- Los ticos aborrecen a los nicas y desconfían de los panas.
Lo que sonaría extraño si no fuese porque, de vuelta a casa:
- Los españoles aborrecen a los magrebies y desconfían de los franceses.
En todos lados cuecen habas, vamos, aunque hay que reconocer que la versión tica de los diminutivos queda mucho más dulce, sin duda.
Por supuesto, lo anterior podría relacionarse con algo ya abordado en muchas otras crónicas, que en este caso se plasma en que: los centroamericanos sienten la misma estima por los ticos que los sudamericanos por los argentinos...
Divide y vencerás, en una.
Pero no me detengo ahora es esto, la anterior expresión del sentimiento hacia el inmigrante me lleva a reconocer que, en lo que yo viví, el tico, o la tica, tienen una idiosincrasia que navega entre lo europeo, lo hispanoamericano y lo, sin duda, gringo. Así, no son tan fríos como los gringos pero tampoco tan cálidos como otros iberoamericanos, y, a la vez, son tan educados y formales como todo hispanoamericano pero con igual dificultad a abrirse que un europeo. No son tan individualistas como los gringos, pero para nada tan comprometidos como otros hispanoamericanos; ni tan desinformados sobre la realidad internacional como muchos gringos pero tampoco igual de preocupados que muchos europeos. Pero, eso sí, les gusta la joda y el fútbol lo mismo que a un europeo, a un gringo y a cualquier iberoamericano.
Ahora, debo reconocer que esta extraña conjunción geográfico-cultural es tan sólo una primera aproximación, pues si a ella unimos que llegué acompañado de mi compadre-compatriota, que recibí a muchos más (en los momentos de mayor sobrepoblación: 8 inquilinos dormían la resaca en mi salón), y que he pasado los tres meses con media cabeza, con cuernitos y manchas blancas y negras, en Madrid, deberé reconocer que no me ha sido posible terminar de conocer, en profundidad, a ningún tico o tica; al igual que siempre me fue imposible entender qué carajo me preguntaban los dependientes del Taco Bell cada vez que ordenaba algo.
Habrá otra ocasión, espero, para superar ambas imposibilidades.
V. Lo que, supongo, mi madre sí pudo imaginar es que, un día, su hijo tendría que despedirse de grandes amigos que conocería en un lejano país y que, al hacerlo, se marcharía con el mismo corazón que veinticinco años antes latía en su vientre, partido.
Y es que, como en todo momento, en todo lugar, y en todo viaje, lo más maravilloso son las personas que Providencia pone en tu camino.
Carlos, Isabel, Marcia, Ary, Silvia, Víctor, Carlos (Urquilla), Antonio, Irene, Byron, Charles, Katia, Vicente, Cristina, Denisse, Diego, Eddy, Monika, Rafael, Jessica, Mario, Pablo, Carol, Randall: GRACIAS.
La próxima cerveza, la pago yo en Madrid.
6. octubre 2004 @ 00:00 ·
Comentarios (11) · Miscelánea guatemalteca